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Capítulo 28: Kartel o la caída del Weirl Boss, cuando las palabras matan

Posted on 7 Abril 2014 in General by lupo

¿Más espectáculo que música?. ¿A quién se ha condenado en Kingston por asesinato, a la persona o al personaje?. ¿El exceso permanente en el exhibicionismo de la cultura dancehall, ese que alimenta la cultura trendy de todo el mundo estos días, es el responsable de la caída de su mayor icono?. ¿Las propuestas extremas como el bleaching o el eye-tattoo nos condicionan al punto de convertirnos en hooligans musicales, al punto de que 10 de 11 jurados condenen sin género de dudas a alguien por el asesinato de un cadáver que no apareció?. Mmmm…Nos lo tenemos que hacer mirar. Un Weirl Boss entre rejas de por vida da mucho que pensar.

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La Doctora de la Universidad de West Indies en Mona (Kingston), Carolyn Cooper, ha tenido que ver como en las páginas del diario Observer (rival del Gleaner en el que ella escribe habitualmente), como algunos lectores sospechan que en realidad ella quisiera blanquearse la piel con el jabón/detergente químico para lavadoras que Vybz Kartel comercializó en 2010, lo que supone un indisimulado insulto para alguien de su reconocimiento intelectual. También tuvo que ver como muchos profesores y estudiantes desertaban enojados de la Universidad en Mona (en el Uptown) cuando invitó a Adi Teacha a un taller de poesía urbana en su clase un año después. Durante estos últimos años la Dra. Cooper, conocida como la Dra. Patois, ha sido acusada de “Kartel Mada”, de ser siempre su máxima defensora pública, de haber impulsado, promovido y normalizado la carrera de Kartel como un modelo beneficioso para la juventud estudiantil por su profundización cultural del lenguaje del gueto, como identidad propia del jamaicano. Ahora que ha sido condenado de por vida por asesinato, la polémica que su posición levantaba, se ha convertido en vendetta.

Más allá de insultos, descalificaciones y amenazas, la Dra. Cooper cuya relación con Adidja Palmer se hizo especialmente intensa a raíz de la carta de éste pidiéndole ayuda desde la cárcel de preventivos de Horizon, tal vez conmovida por las alegaciones de aquella carta en que Palmer y no Kartel alegaba el montaje policial a través de la prensa de su detención y juicio y afirmaba que se había construido de él una imagen de DJ diabólico durante el día y Don del crimen por la noche (literal), ha cuestionado desde el principio tanto el proceso como el temor a que el juicio que lo ha condenado para siempre, no haya sido ni remotamente justo, no solo por la falta de evidencias suficientes en ausencia de cadáver sino sobre todo por la imposibilidad de deslindar en la opinión pública y en el propio jurado a quien se estaba en realidad juzgando: al icónico Vybz Kartel (el personaje) o al calmado, cultivado e inteligente Adidja Palmer (la persona).

Y eso nos lleva a la reflexión que me interesa: ¿ha vivido la cultura dancehall demasiado tiempo del espectáculo extremo hasta perder el contacto con la realidad?. ¿Es por eso que sus haters se cuentan por legión empezando por la propia Jamaica?. ¿Es víctima el gueto de la propia voracidad de la sociedad mundial del espectáculo en que vivimos y que tiene sus máximas garras puestas hace décadas en Jamaica, como en otro tiempo las tenía en Bob Marley o en la bauxita en los tiempos de los esclavos?. ¿Es Adidja Palmer víctima de su propio icono?. Y finalmente: ¿La influencia de Kartel seguirá condicionando ese modo de vida del gueto, de llamar la atención por todos los medios, sea presentándose como un demonio escapado del averno (Tommy Lee Sparta) o tatuándose los ojos (Alkaline, Mace) o su condena supondrá un punto y aparte en esta escalada de excentricidad que en Jamaica se convierte siempre un asunto de seguridad nacional como cuando el Gobierno tuvo que intervenir en 2006 para tratar de parar la guerra de bandas y escuelas entre Gully y Gaza?.

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Demasiadas preguntas para ser resueltas en una sola entrada de este blog, pero suficientes para dar de sí un debate en las redes sociales más constructivo que la mera simplificación entre haters y hooligans, que es lo único que hasta ahora hemos visto en España y en todas partes.

De entrada la maldición rasta que se mueve entre el “Judge Not” y “El que juega con fuego se quema” no ha ayudado precisamente a Adidja Palmer, la persona, no el personaje. Desde que Bounty Killer lo subió al escenario en el año 2000 como figura más prometedora del momento en su “The Alliance”, episodios como su guerra sin cuartel con Mavado, sus Gaza Telavins (talibanes) de los que media Isla acabó harta, sus exhibiciones sexuales en plan reality (“Teacha’s Pet”) o sus trucos publicitarios con productos fantasma (el “Cake Soap” para blanquearse o su ron “Streets Vybz” de dudosa calidad) no solo lo rodearon de esa aureola de superestrella internacional que tan poco rédito da en las calles de Kingston, sino que por el contrario lo colocaron en el centro del foco público de forma permanente. Y no necesariamente para su beneficio, como se ha visto por el regocijo general de los lectores de periódicos con su condena. La envidia pero también la preocupación por el descaro de sus letras y su alto calado entre los niños y adolescentes, no es solo patrimonio español. La persona no el personaje bien que lo sabía. No hay más que escuchar sus letras en “Bad Reputation” o “Dem nuh like We”. Ya no digo nada de su escándalo con mujeres en la celda de preventivos en Horizon o el intento de corrupción del jurado por el entrenador de fútbol Livingston Cain en el segundo juicio por asesinato, que han terminado por martillear el último clavo de su prematuro ataúd, esa sensación general de que el dancehall por muy familiar que resulte había ido demasiado lejos y había que ponerle coto. De ahí a que eso justifique condenar a alguien de por vida, más allá de toda duda razonable, va un abismo.

Me resuenan las líricas de su premonitorio “Poor People Land” de 2011: “Mi caan believe it/ Government waan fi move mi/Mi tun refugee inna my owna country” y su desafío hasta el final: “Oh Mista Babylon/a weh u get da system yah from?/Buldosa dung poor people land/Jah know seh mi nah vote again (Nuh Sah)”

Todos los lectores deberían saber que desde siempre el sound system y el dancehall desde los tiempos de Sugar Minott a finales de los 70, son el pulmón del gueto. El que permite a la gente pobre soñar, respirar, sobrevivir. También debieran saber que la competencia feroz entre los candidatos a estrella ha marcado un permanente clash entre la innovación y la imitación por llamar la atención del público por todos los medios. O que cíclicamente esa atención se ha conseguido no solo demostrando ser más ingenioso o tener mejor recursos artísticos, sino en función de quién era más desafiante, más llamativo, más escandaloso o más rudo, más violento.

Pero desde la emergencia de The General (Bounty Killer) y su Alliance a finales de los 90, esta última tendencia se había impuesto definitivamente en el gueto, dejando atrás cualquier atisbo de sana competencia y colaboración de épocas pasadas. Ese individualismo llevado al paroxismo competitivo se vio amplificado por la presencia permanente de móviles y cámaras que todo lo reproducen, incluso en línea, de manera que la expresión cultural del gueto, sus intentos de salir de la pobreza o de ensoñar con otra vida, esa expresión sobre todo musical y coreográfica que tanto dio de sí en los tiempos de raggamuffin, Volcano y Yellowman en los 80, se ha transmutado en una continua pantomima sobre el lujo y la vida que un pobre no tiene pero quisiera tener, al servicio de internet, youtube, VICE y la sociedad mundial del espectáculo. Y eso, como sabemos bien aquí con la generación de los “ni-nis” y los “tetes” tiene graves consecuencias.

Adidja Palmer ha sido el alumno aventajado de ese negocio. El más listo de la clase desde pequeño ha sabido construir un personaje que no solo marcara la pauta de la comunidad en Jamaica gracias a su innegable talento artístico, sino sobre todo gracias a descubrir que en la sociedad de comunicación globalizada su continua osadía llegaba a marcar tendencia internacional como con los “(straight) jeans ‘n’ fitted” que acabaron con los caídos “shaggy trousers” tan de moda desde el imperio del hip-hop o con la popularización de los zapatos “Clarks” que no era nueva en Jamaica, pero que se incorporaba al imaginario contemporáneo gracias a él. De manera que aunque los ignorantes lo consideraron pomposo, no era exagerado que durante un tiempo se autoproclamara el “Weirl Boss”, porque no le faltaba razón.

Con la misma condescendencia e hipocresía con la que se trata habitualmente el talento del tercer mundo, y más en particular la rebeldía procedente del mundo negro, su mundo de fantasía de amo del gueto mezclado con la continua agresividad de sus hooligans (que le pregunten a Bounty Killer por la lluvia de botellazos que recibió cuando contestó al alumno insolente en el escenario hace unos años) la identificación entre persona y personaje estaba servida, y su necesaria caída también. Destruida su presunción de inocencia, era cuestión de tiempo que se le relacionara con alguna felonía grave, con o sin pruebas.

Lo demás ya lo sabemos todos. Que si su reivindicación desde la celda en su libro “The Voice of the Jamaican Ghetto” recurriendo a otro icono maldito como Malcolm X, la multiplicación de grabaciones de dudosa calidad producidas por todo tipo de advenedizos con sus letras, previas a su ingreso tras las rejas, o se dice que sacadas clandestinamente y grabadas con móviles, la absolución de su primer juicio por asesinato tras ser imposible a la Fiscalía encontrar testigos que quisieran declarar contra él, y finalmente la condena de por vida por el asesinato a palos junto con algunos de sus lugartenientes del promotor Clive “Lizard” Williams, basada ante la inexistencia de cadáver en pinchazos telefónicos y testigos ocultos que situaban en su casa al promotor el día de su desaparición. Que la Sentencia definitiva haya sido aplazada 2 veces y que si se iba a permitir a la persona encarcelada (y no al personaje) que continuara haciendo música o no tras las rejas (para preocupación de su fan español número 1 Fernando García Guereta) se convirtiera en un asunto nacional, demuestra que la preocupación del público en general no estaba tanto en encerrar a un asesino en una ciudad que es la más violenta del mundo en muertes por arma de fuego, sino en callarle la boca para siempre.

Y eso me recuerda lo que acaba de pasar en España con Pablo Hasél, salvando todas las distancias de calidad artística y de importancia icónica del personaje. Tipos incómodos e insolentes que no claudican y que levantan tantas ronchas entre gran parte de la audiencia musical, que buena parte de la misma justifica el castigo porque “él se lo ha buscado”.

Desde estas páginas y en toda suerte de redes sociales yo siempre me he opuesto al dictado de la mayoría para usar la fuerza contra lo que no nos gusta, por muy incómodo que resulte, entendiendo que sobre todo en un foro cultural, la libertad artística debe estar por encima de cualquier consideración moral, porque es precisamente el desafío de los límites lo que nos ha permitido avanzar como raza humana a lo largo de la historia.

Adidja Palmer no ha sido encerrado por lo que canta, sino por asesinar a alguien según un jurado, pero Kartel sí ha sido encerrado porque la mayoría de la sociedad jamaicana con influencia decidió hace tiempo que había que silenciarlo y quitarlo de en medio. El espejo que mostraba de esa sociedad era demasiado incómodo, demasiado feo, para resultar tolerable para muchos. Así que no nos sumemos a esa ceremonia del abuso y dejemos que Kartel el artista siga proyectando su talento, nos guste o no su propuesta, mientras Palmer la persona sigue luchando por demostrar su inocencia. “Judge Not”.

Si finalmente la GP desactiva su imagen de DJ diabólico y lo transforma en DJ de redención, está por verse, pero no me cabe duda que los intentos de otros por continuar esa estela como Alkaline, Nature o Tommy Lee son vía muerta que palidece ante la todavía alargada sombra de Adi Teacha, porque aunque se mire para otro lado, el mensaje con Kartel ya está lanzado al mundo del espectáculo y el dancehall: “Crime don’t Pay” ni siquiera si llegas a ser el Weirl Boss.

Texto: Carlos Monty

 

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Capítulo 5: En defensa del buen Dancehall jamaicano

Posted on 2 Marzo 2011 in General by ACR Crew

Estaba yo a la busca de una nueva botella de Appleton (sin gas no escribo), cuando en una taberna de Russafa, andaban 3 mulatonas maqueadas ensayando coreografías sobre una base de reggaeton. El boom-bap del riddim me atrajo como un magneto. Aquellos bundas (como dicen los brasileros) y aquel conteneo es irresistible para cualquier mortal con sangre y sin miedo.

Eso me hizo recordar cuando en Jamaica me aventuré a las primeras filas de un concierto de Charlie Chaplin. Aquel “Sting” era bastante cultural, con Freddie, Dennis (todavía vivo) y Beres sobre el line-up del veterano Lloyd Parkes y sus We the People, pero cuando apareció el cachondo de Charlie, las punanis se revolucionaron en serio. A la 2ª canción de dar botes, los empujones que me daban empezaron a ser insoportables. Parecían decirme: “¿qué haces aquí blanquito, si ésto es sólo para nosotras?”. Y yo, blanco y  novato, me preguntaba: ¿pero cómo pueden tomarselo como “su momento” del festival, si el tipo no paraba de hacer gracias slackness sobre lo bien dotado que estaba, y lo que iba a hacer a cada una de aquellas lobas, en cuanto le dejaran?.

La misma pregunta que me hacía con Yellowman. Cómo podía ser que un tío tan horroroso, ese “hombre elefante” albino, pudiera seducir al público de todo el mundo, y que lo que más celebraran las mujeres de su audiencia (da igual blanca que negra, americana o japonesa) fuera precisamente, cuando se ponía “guarro”.

La respuesta desmonta cualquier esquema eurocéntrico y políticamente correcto. Dancehall es fiesta, fiesta es marcha, y marcha es gracia, ingenio, ocurrencia, cualquier cosa que sirva para la diversión, y no hay nada más divertido en la noche que el picante sexual hecho con gracia, con talento.

Claro que lo que vale de noche, no vale de día, necesariamente. Como el mismo chiste contado varias veces, pierde del todo la gracia. O sea, fuera de contexto, la gracia deja de ser tal, sobre todo con el sentido del humor tan bizarro de los isleños. Y eso es lo que la mayoría de los europeos (incluídos los españoles) parecen no haber entendido del dancehall jamaicano y todas sus corrientes, y mira que llevan décadas enseñándonoslo.

No me voy a poner este mes, en plan bibliográfico, el que quiera que investigue, pero la mayoría sabe que no se entiende la música en Jamaica sin el baile, el sound y la competi. Como sin el riddim y el deejaying. No existiría el REGGAE, así en mayúsculas, sin el Dancehall, sin el raggamuffin’ (el término que las clases upper daban a la música de los guetos, ya antes de existir el término “reggae”). Otra cosa es la continua impostura internacional de un género que, o se muestra dentro de los códigos jamaicanos más populares, o no tiene sentido, y al que le pique, que se rasque.

Así que la cuestión es: cuándo el Dancehall es bueno y cuando no. Cuándo aporta algo y cuando no. Lo demás es mito y “lava, lava”. Claro, como a la fiesta se apunta todo el mundo, siempre hubo una muchedumbre tratando de hacerse pasar por el más “pingón”. No creais que viene de ahora. Ahí estaba Lee Perry teniendo que ser protegido por el boxeador Prince Buster, para que no le currara la competencia del mafioso Duke Reid. Big Youth se pitorreaba de I-Roy como pobre imitador en el último Rototom. Y en la era digital, todo se multiplicó exponencialmente. Los cracks, los mega-cracks y el ejército de wannabees.

Quien no haya explotado con el “Stopper” de Cutty Ranks ó el “Flex” de (Mad) Cobra, retorciendo el baile como si estuviera arañando entre las sábanas, no sabe qué es el calor caribeño de Jamaica, y sin eso, no puedes sentir el REGGAE, con mayúsculas. ¿Es que no visteis a Shabba forrando de dólares USA el músculo jamaicano?. ¿Y era menos reggae, menos jamaicano, por eso?. Ya lo dijo Marley, y yo siempre lo repito: “who feels it, knows it”. En esto que llegamos al 2K, y conforme estalla la burbuja tecnificada de los riddims, ya nadie entiende nada, fuera de la Isla, fuera del contexto.

Habían llegado los sing-jay para reconciliar la tradición cultural con la cada vez más expansiva tradición dancehall, pero Bounty & Beenie arrasaban en los USA y los albums one-riddim cada vez tenían más aceptación fuera de la Isla, hasta el punto que Greensleeves tuvo que empezar una colección sólo para esta clase de realidades discográficas (all-in-one) que sólo JA es capaz de producir, pre tras pre.

Y en esto que el fire bombing se puso de moda. Me contaban a finales de los 90 que el éxito de los conciertos del bombero mayor Capleton en JA se contaba por el número de dinamiteros que acudían con sus sopletes. Hasta que cayó en mis manos un bootleg suyo en directo “More Fire” con el sound Bodyguard y con sus continuos pull up y hold on, hold on que cortaban el rollo del simple oyente del cedé, comprobé que todo seguía como siempre, como cuando ví (en las filas de atrás, cualquiera se acercaba a adelante en plena época de Bush padre) a Ninjaman en Brixton en el 90. Esto del dancehall, nunca ha sido para nuestros delicados oídos pop, acostumbrados a la estructura clásica de canción (estrofa-estribillo-estrofa), y si acaso a los desarrollos instrumentales (aunque sean en el micro o con el eco del dub).

Y de un fuego a otro, llegó lo de la homofobia. Qué pesadez y qué nuevo ejemplo de eurocentrismo. Qué guarrada la de los racistas del Billboard con el “Boom Bye Bye” de Buju, de hacía 10 años, y luego van y le dan un Grammy por salir de la cárcel. Bomboklaat!. Me da pereza entrar en el tema a estas alturas, así que apuraré otro trago de Appleton. Sólo diré que me gusta el reggaeton (cuando el casio esta bien usado, los samplers molan y la letra está currada, o sea, cuando está bien hecho). Y claro, me pone el perreo (y la lambada, y la socca y el bogle, y el wine y cualquier otra coreografía sexy que se os ocurra, incluso las del bestia de Skerrit, cuando le salen bien, y no cuando son sólo una demostración del gorila que cualquier negro medio musculado puede aparentar ser). El que quiera entender que entienda.

Pero de lo que no me fío, es de los profetas que están todo el día repicando, por mucha garganta rota que tengan de tanto gritar. El sentido del humor aunque sea garrulo y la crítica ácida forman parte de la vida, como la noche del día, tanto o más que la conciencia y el compromiso, y además evitan los integrismos.

Claro que el gangsterismo también contribuye a desenfocar la imagen original, pero el rollo gangster es JA 100% desde que se convirtió en el puerto mundial de la piratería, así que o convives con ello, o dejad paso a las crews, las units y las posses. Y ya está líada. Salen T.O.K. y mandan a arder al infierno a todos los Johns que vienen a follarse nenes en los resorts. ¿Tanto os extraña?. ¿Aquí no hacemos lo mismo con los pederastas?. ¿No es acaso el abuso sexual del débil por el más fuerte, aunque allí el más débil sea sólo por una cuestión de plata?. Además, la biblia (esa que sí nos vale para darles respetable coartada religiosa y cultural) lo considera antinatural (en Etiopía y en Roma). Y claro, es tan cinematográfico que se convierte en moda hasta el cansancio. Un lustro después, las asociaciones rosa se enteran en Europa y juzgan desde su ombligo eurointegrista, cuando además ya es toro pasado.

Y para seguir sin entender nada (desde aquí), sale el Killer a poner más teatro, más drama, y amamanta la Scare Dem Crew y sobresale el velocista jamaicano Elephant Man y sus 50 clones durante la pasada década. Pero también aparece Assassin cachondéandose del “Wipe Out” de los surferos garajeros Trashmen, y así el público rock recuerda que si los jamaicanos han vuelto a Africa, y a sus ritmos tribales, pero ahora sintentizados y congelados al máximo, para recuperar como propio lo que era suyo fuera de las modas blancas; pueden volver a meterse en el rock y en el pop, como hizo Marley con Johnny Nash, cuando quieran. Es el mundo de la noche, con sus destellos y sus sombras, ¿qué quieres?.

Y ya se sabe que el nite biz se ha escrito siempre con drogas, mafia y dólares. Así que mientras los bucks corran, acudirán en masa millones de mosquitos de todas partes a la luz. Entonces casi todo se convierte en industria, en marketing (vocoder y r&b americano incluído). Y como la industria siempre necesita highlights para vender, nada mejor para eso que un nuevo beef.

Lo de Vybz Kartel y Mavado es proverbial de los tiempos violentos de Garrisons que corren. Gaza versus Gully. Pero no es más que el último capítulo de la historia de siempre. Nite biz. Hasta la siguiente. Piques históricos hay como poco uno por década. En el dancehall moderno todos recordamos a Shabba contra Ninjaman y éste contra Supercat, Beenie contra Bounty y ahora Kartel contra Mavado. Pero siempre se repite el mismo esquema: uno se lleva la gloria comercial, la popularidad y la atención internacional, y el otro el respeto local y la credibilidad callejera. Tal vez por eso Kartel graba con Rihanna (aunque sea el cover de “No, no, no”), mientras Mavado graba con Wycleef Jean ó 50 Cent. Cuestión de miras. Incluso se recuerdan piques triples como los de Capleton y Sizzla con Beenie por ver quien actua como headliner, o el actual entre Busy Signal, Aidonia y Munga.

Pero algo que nunca podremos entender aquí es cómo en JA han podido llegar a niveles de intransigencia popular tales que se involucren barrios enteros en la rivalidad artística. Aunque bullys ha habido siempre (el propio Marley tuvo que ejercer también en sus primeros tiempos), en realidad no hay discusión: Kartel sale siempre elegido como rey más popular en cualquier encuesta a pie de jugglin’ (ya no digo en los clubs), incluso en Gully (el feudo de Mavado). Beenie aún resiste como tercero.

Pero además está la prensa local como el Star (más que el Gleaner) para amplificar los incidentes desde el choque entre los dos colosos actuales en el Sting del 2008. Atrás quedaron los tiempos de “Happiest Days” (2007) en el los que cada uno interpretaba su papel de deejay y singjay. Mavado le llama batty en “Self Defense” y Kartel le contesta que no puede ser gay porque se tira a su madre, en la mejor tradición de las batallas de gallos callejeras. Y de ahí, para aburrir: que si los hinchas de Kartel te rayan el coche o te revientan el jugglin’ si metes sesiones del rival (cuidado si pasas por St. Andrews). Que si Kartel se falta continuamente con la “viejecita” de Bounty Killer (gloria nacional) y éste le llama públicamente ingrato (y con razón, pero la ambición del nº 1 es así).

En realidad no es para tanto. Es verdad que “Di Teacha” (Kartel) cambió el estilo dancehall en los primeros 2000 relevando en la escena a Elephant Man (y las secuelas de Bounty) con un estilo más musical en las rimas y más flexible en las letras. Kartel, con una astuta campaña de colaboraciones en USA (Busta Rhymes, Ghostface K., Cocoa Brovaz, Fugees,…) se hizo con el “bone, thugs & harmony”, casi sin rivales. Pero cuando todos los “students” querían copiar el estilazo 2K de “addi di teacha”, apareció sobre el 2005, “Di Principal” (Mavado en el barrio vecino “Gully”), y aunque con toda una oscura cosmovisión gángster detrás, su estilo vocal más cantado que rapeado revolucionó otra vez la escena. Más underground, su estilo creativo hacía que las rimas sólo reservadas inicialmente para thugs, se popularizaran desde las abuelitas a los niños. Su ingenio y sus ecos llegaron al “Grand Thef Auto 4” y hasta Nike lo fichó para sus spots.

Para defenderse, Kartel lo menospreciaba diciendo que comparar un deejay con un cantante, es como comparar a Jay Z con R Kelly. Pero la vida da muchas vueltas: lo gracioso es que, si el Profe cambió el dancehall con su estilo deejay, el Jefe lo cambió a él convirtiéndole en singjay. No hay más que escuchar a Kartel desde su colosal “Rampin Shop” ó su más reciente megahit “Clarks” para comprender que el estilo más actual de Mavado en “So Special” ó “Hold On” hace que ahora empiece a respetar la tradición, de la que renegaba, grabando cosas como “Slow Motion” y sobre todo “Yuh Love”, para comprender hasta que punto Mavado le ha influído vocalmente. Así que aunque él se lleve la gloria ya sabeis quien es el “Real Killer”.

Será por eso, o más bien por la presión de la prensa y los continuos incidentes de sus seguidores, los dos parecieron sellar la paz entre barrios en 2009 con el “Peace Treaty” de West Kingston y grabando el himno “Sunrise” (“sunshine/sunrise/gunrise”) sobre el riddim Ghetto Whiskey de 2010.

Dicho esto, ahora toca que empecemos con la lista de los seguidores. A mí me gusta Serani y a ti Tarrus Riley. A mí I-Octane, a ti Khago y Demarco. A ti Sean Paul y a mí el “Bend Ova”. ¿Seguimos?

Carlos Monty. Febrero’2011.

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Capítulo 2: Rappin’ Reggae y Dread Fashion. Oro, incienso y mirra

Posted on 1 Noviembre 2010 in General by admin

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Curiosa la historia de la música. Lo que hoy es experimento privado de heroicos pioneros, mañana se convierte en vulgaridad, no necesariamente comercial, pero seguro previsible, como lo que hoy se había convertido en vulgaridad musical, mañana queda convertido en resistencia épica de unos pocos.

Por supuesto el axioma también es aplicable a la historia del reggae de nuestros tiempos. Cuando los pioneros de Penthouse, Bobby Digital y Jammy’s empezaron a dar cabida a los primeros rapeadores jamaicanos con el advenimiento de la era digital, ya se habían empezado a superar los clichés clásicos del toasting de U-Roy, Big Youth, Eek-a-Mouse, Dillinger ó el pionero King Stitt y su famoso grito de guerra en “Fire Corner”: “No matter what people say/This Song leads the way/It’s the other out the day/From your boss deejay/I’m King Stitt/Hearted from the top/To the very last drop!”.

Así que a finales de los 80, los personajes hoy casi olvidados que irrumpían en la Isla con la fuerza de un huracán caribeño eran Cutty Ranks, Lt. Stitchie, Admiral Bailey, Lovindeer, (Mad) Cobra y Ninjaman. Solo Yellowman sobrevivía en primera línea entre los veteranos. Con sus voces roncas y rimas monocordes  daban la perfecta réplica al hip-hop de la old school norteamericana del momento. Sin embargo, como ocurre con todos los pioneros, inicialmente fueron ignorados, cuando no rechazados, por la mayoría de la audiencia del reggae fuera de la Isla, especialmente en Europa, acostumbrada al estéreotipo del reggae roots y sufferer. El estilo del nuevo rap de la Isla, que combinó en sus inicios el término “raggamuffin’” con el más amplio de “dancehall” para acabar decantándose por el último, fue extendiéndose a medida que la tecnología del sampler avanzaba y facilitaba la aparición de nuevos productores, no en balde, la improvisación sobre una base musical es piedra angular del desarrollo de la música jamaicana desde su independencia, a través de los sound-systems.

Capleton

Como había sucedido siempre con el feedback de ida y vuelta entre la música negra norteamericana y la que se hacía en la Isla, desde que Leslie Kong, Coxsone Dodd y el pirata (por su atuendo) Duke Reid empezaran a importar discos y equipos de sonido de Nueva Orleans y Florida en los primeros 60, el salto a los USA del nuevo estilo no se hizo esperar y los jamaicanos de Nueva York empezaron a construir su propia réplica. Todavía recuerdo a Shinehead actuando en el SOB’s del downtown de Manhattan en 1989 ó a Born Jamericans cruzando las vías del tren para adentrarse más en el hip-hop que en la tradición reggae, por no hablar de DJ Kool Herc ó el primer Busta Rhymes. Entonces Sony fichó a Shabba Ranks y lo que había sido underground se convirtió en comercial y aceptable para los mass media, abriendo la puerta a todos los demás, desde el siempre controversial Buju a Capleton grabando con Def Jam, y desde el versátil Beenie Man al terremoto de Bounty Killer, algo después. El exceso del g-rap se instaló de vuelta en Jamaica y para bizarros, los jamaicanos. Word!. Basta ver los “teams” y las “units” surgidas con el 2000 (de Ward 21 a T.O.K., pasando por Monster Shack Crew, Innocent Kru y sobre todo el Scare Dem Crew de Elephant Man y Harry Todler).

Anthony B

Mientras, en la España de los últimos 80 y primeros 90, donde mayoritariamente el rap había sido rechazado como lenguaje musical fuera de la reducida cultura hip-hop, como hoy se rechaza el reggaeton (“eso no es música”, dicen muchos), sólo los que ya habíamos sido contaminados por la urgencia callejera del hip-hop de Eric B. & Rakim, Big Daddy Kane ó KRS-One, apreciabamos el nuevo crossover jamaicano, entre la comunidad reggae española. Pero los tiempos cambian y cómo a partir de la segunda mitad de los 90 el rap empezara a popularizarse definitivamente en las barriadas españolas desplazando al heavy metal de su banda sonora, el ya no tan nuevo lenguaje también empezó a ser aceptado por la comunidad reggae hispana. Sobre todo a partir de la aparición del estilo sing-jay en Jamaica, donde Anthony B., Sizzla y Junior Kelly algo más tarde, además del siempre omnipresente Capleton, reconciliaron musicalmente la tradición nyabinghi con la insurgencia rapeada de los nuevos tiempos por medio de la coartada purificadora de los bobo dread.  Así, todos contentos, los amantes del roots ya se encontraban cómodos con los nuevos tiempos musicales.

Los recién llegados al tesoro jamaicano por la vía del rap en el dancehall, también, aunque ni supieran ni les interesara nada del componente religioso que el reggae siempre tuvo. De modo que la música jamaicana que no había dejado de crecer internacionalmente, se hizo definitivamente universal, y montones de chicos blancos, africanos o asiáticos se integraron en el nuevo sermón desde cualquier gran ciudad del planeta. La nómina de nuevos intérpretes y producciones ha llegado a ser tan extensa que, como toda masificación, ha acabado cayendo inevitablemente en la vulgarización y la repetición hasta el hastío, de mensajes, códigos y poses, trivializando lo que un día fue una llama purificadora basada en las raíces para convertirse en un metalenguaje muchas veces descontextualizado (musical, cultural y religiosamente). Lo peor es que además la avalancha hace que lo que antes del rap jamaicano ya era dancehall (Garnett Silk, Cocoa Tea, Sugar Minott…) haya quedado en tal segundo plano, que los que aun conservan el estilo original puramente vocal, raramente acceden a las listas de popularidad y al primer plano del reconocimiento general. Pero lejos de ortodoxias reduccionistas y totalitarias, es que la historia de la música siempre se escribió así. También en Jamaica por lo que se vé. Sin embargo, conviene saber separar el grano de la paja si quieres tener una buena cosecha, y seguro que los buenos catadores de reggae-blog.net y reggae.es saben de qué hablo.

El Natty Dread vuelve a estar lejos, pero conociendo a los jamaicanos, seguro que como diría el visionario Marley: “(Real) Dready got a job to do/And he’s got to fulfill that mission/To see his hurt is their/Greatest ambition/But we will survive/In this world of competition/’Cause no matter what they do/Natty keep on coming thru/And no matter what they say/Natty de deh every day”. Carlos Monty. Noviembre 2010.