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Capítulo 28: Kartel o la caída del Weirl Boss, cuando las palabras matan

Posted on 7 Abril 2014 in General by lupo

¿Más espectáculo que música?. ¿A quién se ha condenado en Kingston por asesinato, a la persona o al personaje?. ¿El exceso permanente en el exhibicionismo de la cultura dancehall, ese que alimenta la cultura trendy de todo el mundo estos días, es el responsable de la caída de su mayor icono?. ¿Las propuestas extremas como el bleaching o el eye-tattoo nos condicionan al punto de convertirnos en hooligans musicales, al punto de que 10 de 11 jurados condenen sin género de dudas a alguien por el asesinato de un cadáver que no apareció?. Mmmm…Nos lo tenemos que hacer mirar. Un Weirl Boss entre rejas de por vida da mucho que pensar.

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La Doctora de la Universidad de West Indies en Mona (Kingston), Carolyn Cooper, ha tenido que ver como en las páginas del diario Observer (rival del Gleaner en el que ella escribe habitualmente), como algunos lectores sospechan que en realidad ella quisiera blanquearse la piel con el jabón/detergente químico para lavadoras que Vybz Kartel comercializó en 2010, lo que supone un indisimulado insulto para alguien de su reconocimiento intelectual. También tuvo que ver como muchos profesores y estudiantes desertaban enojados de la Universidad en Mona (en el Uptown) cuando invitó a Adi Teacha a un taller de poesía urbana en su clase un año después. Durante estos últimos años la Dra. Cooper, conocida como la Dra. Patois, ha sido acusada de “Kartel Mada”, de ser siempre su máxima defensora pública, de haber impulsado, promovido y normalizado la carrera de Kartel como un modelo beneficioso para la juventud estudiantil por su profundización cultural del lenguaje del gueto, como identidad propia del jamaicano. Ahora que ha sido condenado de por vida por asesinato, la polémica que su posición levantaba, se ha convertido en vendetta.

Más allá de insultos, descalificaciones y amenazas, la Dra. Cooper cuya relación con Adidja Palmer se hizo especialmente intensa a raíz de la carta de éste pidiéndole ayuda desde la cárcel de preventivos de Horizon, tal vez conmovida por las alegaciones de aquella carta en que Palmer y no Kartel alegaba el montaje policial a través de la prensa de su detención y juicio y afirmaba que se había construido de él una imagen de DJ diabólico durante el día y Don del crimen por la noche (literal), ha cuestionado desde el principio tanto el proceso como el temor a que el juicio que lo ha condenado para siempre, no haya sido ni remotamente justo, no solo por la falta de evidencias suficientes en ausencia de cadáver sino sobre todo por la imposibilidad de deslindar en la opinión pública y en el propio jurado a quien se estaba en realidad juzgando: al icónico Vybz Kartel (el personaje) o al calmado, cultivado e inteligente Adidja Palmer (la persona).

Y eso nos lleva a la reflexión que me interesa: ¿ha vivido la cultura dancehall demasiado tiempo del espectáculo extremo hasta perder el contacto con la realidad?. ¿Es por eso que sus haters se cuentan por legión empezando por la propia Jamaica?. ¿Es víctima el gueto de la propia voracidad de la sociedad mundial del espectáculo en que vivimos y que tiene sus máximas garras puestas hace décadas en Jamaica, como en otro tiempo las tenía en Bob Marley o en la bauxita en los tiempos de los esclavos?. ¿Es Adidja Palmer víctima de su propio icono?. Y finalmente: ¿La influencia de Kartel seguirá condicionando ese modo de vida del gueto, de llamar la atención por todos los medios, sea presentándose como un demonio escapado del averno (Tommy Lee Sparta) o tatuándose los ojos (Alkaline, Mace) o su condena supondrá un punto y aparte en esta escalada de excentricidad que en Jamaica se convierte siempre un asunto de seguridad nacional como cuando el Gobierno tuvo que intervenir en 2006 para tratar de parar la guerra de bandas y escuelas entre Gully y Gaza?.

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Demasiadas preguntas para ser resueltas en una sola entrada de este blog, pero suficientes para dar de sí un debate en las redes sociales más constructivo que la mera simplificación entre haters y hooligans, que es lo único que hasta ahora hemos visto en España y en todas partes.

De entrada la maldición rasta que se mueve entre el “Judge Not” y “El que juega con fuego se quema” no ha ayudado precisamente a Adidja Palmer, la persona, no el personaje. Desde que Bounty Killer lo subió al escenario en el año 2000 como figura más prometedora del momento en su “The Alliance”, episodios como su guerra sin cuartel con Mavado, sus Gaza Telavins (talibanes) de los que media Isla acabó harta, sus exhibiciones sexuales en plan reality (“Teacha’s Pet”) o sus trucos publicitarios con productos fantasma (el “Cake Soap” para blanquearse o su ron “Streets Vybz” de dudosa calidad) no solo lo rodearon de esa aureola de superestrella internacional que tan poco rédito da en las calles de Kingston, sino que por el contrario lo colocaron en el centro del foco público de forma permanente. Y no necesariamente para su beneficio, como se ha visto por el regocijo general de los lectores de periódicos con su condena. La envidia pero también la preocupación por el descaro de sus letras y su alto calado entre los niños y adolescentes, no es solo patrimonio español. La persona no el personaje bien que lo sabía. No hay más que escuchar sus letras en “Bad Reputation” o “Dem nuh like We”. Ya no digo nada de su escándalo con mujeres en la celda de preventivos en Horizon o el intento de corrupción del jurado por el entrenador de fútbol Livingston Cain en el segundo juicio por asesinato, que han terminado por martillear el último clavo de su prematuro ataúd, esa sensación general de que el dancehall por muy familiar que resulte había ido demasiado lejos y había que ponerle coto. De ahí a que eso justifique condenar a alguien de por vida, más allá de toda duda razonable, va un abismo.

Me resuenan las líricas de su premonitorio “Poor People Land” de 2011: “Mi caan believe it/ Government waan fi move mi/Mi tun refugee inna my owna country” y su desafío hasta el final: “Oh Mista Babylon/a weh u get da system yah from?/Buldosa dung poor people land/Jah know seh mi nah vote again (Nuh Sah)”

Todos los lectores deberían saber que desde siempre el sound system y el dancehall desde los tiempos de Sugar Minott a finales de los 70, son el pulmón del gueto. El que permite a la gente pobre soñar, respirar, sobrevivir. También debieran saber que la competencia feroz entre los candidatos a estrella ha marcado un permanente clash entre la innovación y la imitación por llamar la atención del público por todos los medios. O que cíclicamente esa atención se ha conseguido no solo demostrando ser más ingenioso o tener mejor recursos artísticos, sino en función de quién era más desafiante, más llamativo, más escandaloso o más rudo, más violento.

Pero desde la emergencia de The General (Bounty Killer) y su Alliance a finales de los 90, esta última tendencia se había impuesto definitivamente en el gueto, dejando atrás cualquier atisbo de sana competencia y colaboración de épocas pasadas. Ese individualismo llevado al paroxismo competitivo se vio amplificado por la presencia permanente de móviles y cámaras que todo lo reproducen, incluso en línea, de manera que la expresión cultural del gueto, sus intentos de salir de la pobreza o de ensoñar con otra vida, esa expresión sobre todo musical y coreográfica que tanto dio de sí en los tiempos de raggamuffin, Volcano y Yellowman en los 80, se ha transmutado en una continua pantomima sobre el lujo y la vida que un pobre no tiene pero quisiera tener, al servicio de internet, youtube, VICE y la sociedad mundial del espectáculo. Y eso, como sabemos bien aquí con la generación de los “ni-nis” y los “tetes” tiene graves consecuencias.

Adidja Palmer ha sido el alumno aventajado de ese negocio. El más listo de la clase desde pequeño ha sabido construir un personaje que no solo marcara la pauta de la comunidad en Jamaica gracias a su innegable talento artístico, sino sobre todo gracias a descubrir que en la sociedad de comunicación globalizada su continua osadía llegaba a marcar tendencia internacional como con los “(straight) jeans ‘n’ fitted” que acabaron con los caídos “shaggy trousers” tan de moda desde el imperio del hip-hop o con la popularización de los zapatos “Clarks” que no era nueva en Jamaica, pero que se incorporaba al imaginario contemporáneo gracias a él. De manera que aunque los ignorantes lo consideraron pomposo, no era exagerado que durante un tiempo se autoproclamara el “Weirl Boss”, porque no le faltaba razón.

Con la misma condescendencia e hipocresía con la que se trata habitualmente el talento del tercer mundo, y más en particular la rebeldía procedente del mundo negro, su mundo de fantasía de amo del gueto mezclado con la continua agresividad de sus hooligans (que le pregunten a Bounty Killer por la lluvia de botellazos que recibió cuando contestó al alumno insolente en el escenario hace unos años) la identificación entre persona y personaje estaba servida, y su necesaria caída también. Destruida su presunción de inocencia, era cuestión de tiempo que se le relacionara con alguna felonía grave, con o sin pruebas.

Lo demás ya lo sabemos todos. Que si su reivindicación desde la celda en su libro “The Voice of the Jamaican Ghetto” recurriendo a otro icono maldito como Malcolm X, la multiplicación de grabaciones de dudosa calidad producidas por todo tipo de advenedizos con sus letras, previas a su ingreso tras las rejas, o se dice que sacadas clandestinamente y grabadas con móviles, la absolución de su primer juicio por asesinato tras ser imposible a la Fiscalía encontrar testigos que quisieran declarar contra él, y finalmente la condena de por vida por el asesinato a palos junto con algunos de sus lugartenientes del promotor Clive “Lizard” Williams, basada ante la inexistencia de cadáver en pinchazos telefónicos y testigos ocultos que situaban en su casa al promotor el día de su desaparición. Que la Sentencia definitiva haya sido aplazada 2 veces y que si se iba a permitir a la persona encarcelada (y no al personaje) que continuara haciendo música o no tras las rejas (para preocupación de su fan español número 1 Fernando García Guereta) se convirtiera en un asunto nacional, demuestra que la preocupación del público en general no estaba tanto en encerrar a un asesino en una ciudad que es la más violenta del mundo en muertes por arma de fuego, sino en callarle la boca para siempre.

Y eso me recuerda lo que acaba de pasar en España con Pablo Hasél, salvando todas las distancias de calidad artística y de importancia icónica del personaje. Tipos incómodos e insolentes que no claudican y que levantan tantas ronchas entre gran parte de la audiencia musical, que buena parte de la misma justifica el castigo porque “él se lo ha buscado”.

Desde estas páginas y en toda suerte de redes sociales yo siempre me he opuesto al dictado de la mayoría para usar la fuerza contra lo que no nos gusta, por muy incómodo que resulte, entendiendo que sobre todo en un foro cultural, la libertad artística debe estar por encima de cualquier consideración moral, porque es precisamente el desafío de los límites lo que nos ha permitido avanzar como raza humana a lo largo de la historia.

Adidja Palmer no ha sido encerrado por lo que canta, sino por asesinar a alguien según un jurado, pero Kartel sí ha sido encerrado porque la mayoría de la sociedad jamaicana con influencia decidió hace tiempo que había que silenciarlo y quitarlo de en medio. El espejo que mostraba de esa sociedad era demasiado incómodo, demasiado feo, para resultar tolerable para muchos. Así que no nos sumemos a esa ceremonia del abuso y dejemos que Kartel el artista siga proyectando su talento, nos guste o no su propuesta, mientras Palmer la persona sigue luchando por demostrar su inocencia. “Judge Not”.

Si finalmente la GP desactiva su imagen de DJ diabólico y lo transforma en DJ de redención, está por verse, pero no me cabe duda que los intentos de otros por continuar esa estela como Alkaline, Nature o Tommy Lee son vía muerta que palidece ante la todavía alargada sombra de Adi Teacha, porque aunque se mire para otro lado, el mensaje con Kartel ya está lanzado al mundo del espectáculo y el dancehall: “Crime don’t Pay” ni siquiera si llegas a ser el Weirl Boss.

Texto: Carlos Monty