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Capitulo 22: ¿Vuelve el Raggamuffin?

Posted on 12 Junio 2013 in General by lupo

Subía por la Roosvelt Drive en el East River de Manhattan, de regreso del downtown, tras ver a Shinehead en aquel histórico sótano del SOB’s en el Village neoyorquino, cuando en la radio del taxi de aquel negro jamaicano empezó a sonar “Raggamuffin’ in the area” y me sentí el dueño del mundo con la vista sobre el skyline nocturno de los muelles que miran a Brooklyn y Queens, cada vez que Dennis Brown y Gregory Isaacs voceaban aquello de “Big All Around” sobre la percusión electrónica del gran Gussie Clarke.

Al darse cuenta el taxista que yo coreaba aquel himno, se puso tan friendly como si reconociera un paisano, mientras que confirmaba ante mi sorpresa, que sí, que yo no estaba loco por abrazar sin complejos aquel reconocimiento comercial e internacional del raggamuffin que tanto despreciaban en la comunidad reggae valenciana de aquel entonces (excepción hecha del gran Pere Andrés con su tienda de discos “Negril”, Jah le tenga en su gloria, y alguno más), y que justo en aquel momento estaba sonando en la radio de la capital del mundo, nada menos que la Gran Manzana.

24 años después, resulta que aquel sonido chato, percusivo, africano pero digital, que remataran básicamente King Jammys con el “Sleng Teng” y Winston “Techniques” Riley con su “Stalag 17”, parece querer volverse a poner de moda. ¿Pero es realmente así en la Jamaica del dancehall más fashion, o se trata solo de un revival de los aficionados europeos, siempre a la caza de rememorar sonidos que les sean reconocibles, que les suenen familiares, ante su incapacidad general para identificarse con la brusquedad de los guetos jamaicanos?.

El ejemplo más llamativo es el de un jamaicano afincado en Alemania, que ya muchos conocen, como Skarra-Mucci y su “Return of Raggamuffin” (2LP 2012) y que probablemente resulte mucho más resultón en disco que en directo. Pero su apuesta ha devuelto un viejo debate a los foros internacionales.

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Ejemplos de un cierto comeback europeo del raggamuffin hay variados, como el siempre oportunista Alborosie, y sobre todo en Francia donde el revival es legión (hasta tienen una chica blanca, la belga Selah Sue, entre folky y pop, que ha ganado cierta notoriedad con un estribillo raggamuffin en acústico) pero aquí el término está tan gastado, que todo el mundo lo usa para hacer cualquier cosa que no sea reggae roots, desde singjay a dancehall actual, así que no es fácil encontrar original raggamuffin de época entre las producciones europeas (excepción hecha del gran Supa Bassie y su sentido “Original Raggamuffin” de 2011).

Por el contrario, en Jamaica la cosa probablemente no pase de un recurso de producción más, sobre todo en el tratamiento de las percusiones, eso sí cada vez más visible de dos años para acá, cuando se empezaba a avizorar un cierto hastío de la tiranía de los talibanes de Gaza. Probablemente sea, que curioso, el swagga man por excelencia Konshens, quién más tira de evocación del raggamuffin en sus producciones (“Sekkle Dung” por poner la más reciente) y con él, sus colegas Darrio y Delus en “Dem a gyal fool” sobre el riddim Steppings del 2011, el veterano Kiprich en su reciente diss a I-Octane de “Di Real Joe Grind” que suena a evocación clarísima del “Murder she wrote”, y hasta el propio Busy Signal se tiró a la piscina de los clásicos con Etana en “Love, Love, Love” en 2012, ahora que anda entre Reggae Music Again y el popular Bumayé de Major Lazer. Hala, diggers, rastreen, rastreen…

¿Pero la cultura reggae realmente necesita la vuelta de un subgénero tan localista como el raggamuffin?.

Visto con perspectiva, para los puristas del roots reggae, la llegada del raggamuffin fue una maldición. Un empobrecimiento musical y una degradación cultural sin discusión. Probablemente los Súper-Tacañones tuvieran razón desde unas coordenadas meramente artísticas, pero probablemente no desde un punto de vista generacional y evolutivo.

Porque la generación de Bob Marley y el roots reggae hacía una evocación panafricanista de conceptos asociados a una Africa aun colonial de la que se nutre el rastafarismo, a una Etiopía de redención vía Selassie, a una mística garveyita de la Black Star Line y la salvación del Monte Zion, que ya no existía en 1977-78, cuando las esperanzas del proyecto reformista de Michael Manley y su PNP entran en vía muerta (ver Natty in de Red, Cap. 11: Rasta Not Politic )

La francesa Hélène Lee lo explica estupendamente en su “Trenchtown Reggae – En las Calles de Bob Marley” cuando en su afán de contarnos la construcción de Kingston nos habla de los asentamientos desde los años 30 de Back-O-Wall (hoy Tivoli Gardens) y la progresiva estructuración política en Garrisons del downtown.

Pero en los 80, con el triunvirato conservador radical Seaga-Thatcher-Reagan, perdida la mística de la revolución a la que ya ni se espera, e instalados los supervivientes en la decadencia capitalista más burda, drogas, armas y sálvese- el-que-pueda, las temáticas necesariamente dejan de mirar a una perdida redención universal y vuelven a hablar de lo cotidiano, de la supervivencia en el gueto, del Yard. El raggamuffin es básicamente la Cultura del Yard. Del patio trasero entre vecinos. Nada que ver con la explotación multinacional del reggae que se había multiplicado exponencialmente desde el éxito de Bob Marley. En el yard no mandaba Chris Blackwell, ni Richard Branson el de la Virgin, ni los coleccionistas europeos y americanos, mandaban los vecinos y sus tópicos africanos de bolsillo. Por eso las evocaciones populares a Africa ya no hablan de redención ni de nostalgia del saber ancestral, hablan de la urgencia de los asuntos turbios de la gran ciudad, de su propia Babilonia, sin ningún parentesco por raza o color de piel con el resto del mundo. De hecho la diáspora está siendo al revés, no viene de Africa a Jamaica, sale de Jamaica y se va a USA e Inglaterra para tratar de sobrevivir. No mercy, en la ciudad de los mil pecados.

Ya se leía por 1.994 en la revista “African Arts” de la UCLA que: “Donde el concepto “rastafari” de Africa proporcionaba un confort cultural disponible para todos aquellos de piel negra, algo que podía ser intercambiado en un viaje de ida y vuelta a través del Atlántico por los barcos de la “Black Star Line” de Garvey, o que podía inventarse en los espacios oníricos que dejaban los ecos del heavy dub; los cimientos del ragga/dancehall se asientan firmemente en una “negritud” producida en una historia cultural específica. Para la hermandad rastafari, “Zion”, la tierra prometida de Etiopía fue al mismo tiempo una utopía precolonial y el inminente futuro del pueblo negro donde estaba destinado a sobrevivir mientras durara la hegemonía de Babilonia. Sin embargo, con el Ragga, la abstracción de Etiopía/Africa, en lo que se denomina el “Discurso del Dread” (No Natty Dread/Jah is Dead), se dirige a Rema, Tivoli Gardens, el (Concrete) Jungle, y particularmente al Yard. A las realidades jamaicanas del Yard, que no funcionan como cimientos globales del exilio negro porque están ancladas en los mitos urbanos de la historia postcolonial de Jamaica. Una historia propia, no universal. Y esos símbolos y cimientos pertenecen claramente a los “yardies”, que pasan mucho tiempo controlando cuidadosamente la “borderline” que separa una “negritud”, una experiencia cultural idiosincrática, de otra, como los pistoleros custodiaban la frontera de un garrison del PNP de otro del JLP”.

Seguro que los Súper-Tacañones argumentarán que ese enrocamiento en lo propio, en lo vulgar y chabacano, esa chispa de lo cotidiano, ya estaba inventada con los soundsystems y los deejays de los 60, pero curioso, lo local una vez más se vuelve a hacer internacional con la explosión del dancehall en los 90 y los 2000.

Sostengo además que el raggamuffin no empezó por la música, que no fue más que otra adaptación más a la llegada de nuevas tecnologías, como ya sucedió con la importación de los equipos de grabación en los tiempos de la independencia, solo que ahora la realidad local se tiene que adaptar a la tecnología de la comunicación global, desde los sintes de los 80 que eliminan a los instrumentistas y abaratan las producciones, a los móviles 4G de última generación que entierran definitivamente los soportes físicos de la música, vinilos y cedés. No. El raggamuffin empezó por las temáticas de las lyrics y por la forma de cantarlas, desde que, es un poner, el prematuramente fallecido y nunca suficientemente reconocido como precursor del sub-género, Tenor Saw, gritara a los cuatro vientos aquello de: “Ring the Alarm… another sound is dying”, poniendo el certificado de defunción a una época gloriosa pero pasada.

Es sabido como por detrás de los grandes toasters de los 70, emergieron a finales ya de la década, otros más jóvenes que empezaban a controlar la frontera a través del conocido como early dancehall todavía analógico, hasta la llegada de King Yellowman. Cuando el albino canta en público “Gimme Vagina” mezclando tropicalismo de Trinidad con punnanies jamaicanas, está inventando definitivamente el raggamuffin.

Pero hay otros eslabones perdidos en el salto evolutivo, grandísimos pero ignorados para el gran público. Aun no se habla de sexo abiertamente, pero las temáticas sobre Rumours of War, Nueva York y babylon, las drogas, las armas y los dons y los madman como opresión, se abren cada vez más paso entre el lamento sufferah tradicional y las habituales apelaciones a Jah. Estaban deejays pero también cantantes como Tony Tuff, al que como a Sugar Minott (categoría aparte), ya se le veía venir desde “Ease up Opressors” y “Mix me Down” y que llegó a cantar sobre el sleng-teng “Raggamuffin” (“for fan”, repetía) y repitió de manera continua en la 2ª mitad de los 80 hasta “War” y “Careless People” o incluso Jah Stitch con el mismísimo Bunny Lee y su rub’a’dub estilo “Striker”, el Nicodemus del recordado “Boneman Connection” y en el lado deejay, los más malotes Trinity, Dillinger y Dr. Alimantado, que hacían raggamuffin en casi todas sus letras, aunque aún no se hubiera inventado.

También estaban talentos criados en Channel One como el “Outlaw” Josey Wales de “Let go mi Hand”, el Ranking Trevor de “Recession”, pero sobre todo el Eek-a-Mouse de “Rude Boy Jamaican” (“eat wit me gun/sleep wit me gun/me even clean me teeth wit me gun”), y los inolvidables Burro Banton y Lee Van Cliff, en suma, una lista interminable que evolucionando desde el toasting y el sonido rocker y rub’a’dub del early dancehall, se va acercando cada vez más a esa forma cortada y suelta, nada religiosa, de narrar, como en aquellos legendarios clashes del 82 al 84 promovidos por Henry “Junjo” Lawes desde su sello Volcano. El video que sigue de aquella época (1984) es un regalo para la vista y los sentidos. No os lo perdáis.

Así que, por mucho anatema que les lance Bunny Wailer por blasfemos, el barrio hace mucho que superó la biblia como tótem y el dub como icono musical obsesivo, y casi todos los grandes se apuntan al estilo del momento a mitad de los 80. Por supuesto Barrington Levy, aunque conservando su inimitable estilo atemporal desde “Bounty Hunter”, que tantos himnos dio al subgénero. Sugar Minott cantó “Raggamuffin” sobre el riddim de “Wicked in a bed” para Bobby Digital y repitió varias veces después. Y hasta Freddie McGregor se apuntó a la ola, que había intentado con Gussie Clarke en el mismo 1985 y de la mano de Dennis Brown, pero con poca repercusión; la misma jugada que luego Gussie y Dennis repitieron con Gregory Isaacs en 1989, cuando yo me cruzaba el skyline nocturno de Nueva York.

Luego llegó Donovan Germain con su sello “Penthouse” con Tony Rebel y esa costumbre de no editar verdaderos ritmos nuevos, sino construirlos sobre samplers de clásicos –sobre todo de rock steady- como ya se hacía durante una década en los sounds, y la tendencia original del early dancehall que había ido de la mano del raggamuffin hasta entonces, se rompió, para albergar el ragga o dancehall como ya lo conocemos. Pero esa es otra historia.

CARLOS MONTY – JUNIO 2013

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Capítulo 5: En defensa del buen Dancehall jamaicano

Posted on 2 Marzo 2011 in General by ACR Crew

Estaba yo a la busca de una nueva botella de Appleton (sin gas no escribo), cuando en una taberna de Russafa, andaban 3 mulatonas maqueadas ensayando coreografías sobre una base de reggaeton. El boom-bap del riddim me atrajo como un magneto. Aquellos bundas (como dicen los brasileros) y aquel conteneo es irresistible para cualquier mortal con sangre y sin miedo.

Eso me hizo recordar cuando en Jamaica me aventuré a las primeras filas de un concierto de Charlie Chaplin. Aquel “Sting” era bastante cultural, con Freddie, Dennis (todavía vivo) y Beres sobre el line-up del veterano Lloyd Parkes y sus We the People, pero cuando apareció el cachondo de Charlie, las punanis se revolucionaron en serio. A la 2ª canción de dar botes, los empujones que me daban empezaron a ser insoportables. Parecían decirme: “¿qué haces aquí blanquito, si ésto es sólo para nosotras?”. Y yo, blanco y  novato, me preguntaba: ¿pero cómo pueden tomarselo como “su momento” del festival, si el tipo no paraba de hacer gracias slackness sobre lo bien dotado que estaba, y lo que iba a hacer a cada una de aquellas lobas, en cuanto le dejaran?.

La misma pregunta que me hacía con Yellowman. Cómo podía ser que un tío tan horroroso, ese “hombre elefante” albino, pudiera seducir al público de todo el mundo, y que lo que más celebraran las mujeres de su audiencia (da igual blanca que negra, americana o japonesa) fuera precisamente, cuando se ponía “guarro”.

La respuesta desmonta cualquier esquema eurocéntrico y políticamente correcto. Dancehall es fiesta, fiesta es marcha, y marcha es gracia, ingenio, ocurrencia, cualquier cosa que sirva para la diversión, y no hay nada más divertido en la noche que el picante sexual hecho con gracia, con talento.

Claro que lo que vale de noche, no vale de día, necesariamente. Como el mismo chiste contado varias veces, pierde del todo la gracia. O sea, fuera de contexto, la gracia deja de ser tal, sobre todo con el sentido del humor tan bizarro de los isleños. Y eso es lo que la mayoría de los europeos (incluídos los españoles) parecen no haber entendido del dancehall jamaicano y todas sus corrientes, y mira que llevan décadas enseñándonoslo.

No me voy a poner este mes, en plan bibliográfico, el que quiera que investigue, pero la mayoría sabe que no se entiende la música en Jamaica sin el baile, el sound y la competi. Como sin el riddim y el deejaying. No existiría el REGGAE, así en mayúsculas, sin el Dancehall, sin el raggamuffin’ (el término que las clases upper daban a la música de los guetos, ya antes de existir el término “reggae”). Otra cosa es la continua impostura internacional de un género que, o se muestra dentro de los códigos jamaicanos más populares, o no tiene sentido, y al que le pique, que se rasque.

Así que la cuestión es: cuándo el Dancehall es bueno y cuando no. Cuándo aporta algo y cuando no. Lo demás es mito y “lava, lava”. Claro, como a la fiesta se apunta todo el mundo, siempre hubo una muchedumbre tratando de hacerse pasar por el más “pingón”. No creais que viene de ahora. Ahí estaba Lee Perry teniendo que ser protegido por el boxeador Prince Buster, para que no le currara la competencia del mafioso Duke Reid. Big Youth se pitorreaba de I-Roy como pobre imitador en el último Rototom. Y en la era digital, todo se multiplicó exponencialmente. Los cracks, los mega-cracks y el ejército de wannabees.

Quien no haya explotado con el “Stopper” de Cutty Ranks ó el “Flex” de (Mad) Cobra, retorciendo el baile como si estuviera arañando entre las sábanas, no sabe qué es el calor caribeño de Jamaica, y sin eso, no puedes sentir el REGGAE, con mayúsculas. ¿Es que no visteis a Shabba forrando de dólares USA el músculo jamaicano?. ¿Y era menos reggae, menos jamaicano, por eso?. Ya lo dijo Marley, y yo siempre lo repito: “who feels it, knows it”. En esto que llegamos al 2K, y conforme estalla la burbuja tecnificada de los riddims, ya nadie entiende nada, fuera de la Isla, fuera del contexto.

Habían llegado los sing-jay para reconciliar la tradición cultural con la cada vez más expansiva tradición dancehall, pero Bounty & Beenie arrasaban en los USA y los albums one-riddim cada vez tenían más aceptación fuera de la Isla, hasta el punto que Greensleeves tuvo que empezar una colección sólo para esta clase de realidades discográficas (all-in-one) que sólo JA es capaz de producir, pre tras pre.

Y en esto que el fire bombing se puso de moda. Me contaban a finales de los 90 que el éxito de los conciertos del bombero mayor Capleton en JA se contaba por el número de dinamiteros que acudían con sus sopletes. Hasta que cayó en mis manos un bootleg suyo en directo “More Fire” con el sound Bodyguard y con sus continuos pull up y hold on, hold on que cortaban el rollo del simple oyente del cedé, comprobé que todo seguía como siempre, como cuando ví (en las filas de atrás, cualquiera se acercaba a adelante en plena época de Bush padre) a Ninjaman en Brixton en el 90. Esto del dancehall, nunca ha sido para nuestros delicados oídos pop, acostumbrados a la estructura clásica de canción (estrofa-estribillo-estrofa), y si acaso a los desarrollos instrumentales (aunque sean en el micro o con el eco del dub).

Y de un fuego a otro, llegó lo de la homofobia. Qué pesadez y qué nuevo ejemplo de eurocentrismo. Qué guarrada la de los racistas del Billboard con el “Boom Bye Bye” de Buju, de hacía 10 años, y luego van y le dan un Grammy por salir de la cárcel. Bomboklaat!. Me da pereza entrar en el tema a estas alturas, así que apuraré otro trago de Appleton. Sólo diré que me gusta el reggaeton (cuando el casio esta bien usado, los samplers molan y la letra está currada, o sea, cuando está bien hecho). Y claro, me pone el perreo (y la lambada, y la socca y el bogle, y el wine y cualquier otra coreografía sexy que se os ocurra, incluso las del bestia de Skerrit, cuando le salen bien, y no cuando son sólo una demostración del gorila que cualquier negro medio musculado puede aparentar ser). El que quiera entender que entienda.

Pero de lo que no me fío, es de los profetas que están todo el día repicando, por mucha garganta rota que tengan de tanto gritar. El sentido del humor aunque sea garrulo y la crítica ácida forman parte de la vida, como la noche del día, tanto o más que la conciencia y el compromiso, y además evitan los integrismos.

Claro que el gangsterismo también contribuye a desenfocar la imagen original, pero el rollo gangster es JA 100% desde que se convirtió en el puerto mundial de la piratería, así que o convives con ello, o dejad paso a las crews, las units y las posses. Y ya está líada. Salen T.O.K. y mandan a arder al infierno a todos los Johns que vienen a follarse nenes en los resorts. ¿Tanto os extraña?. ¿Aquí no hacemos lo mismo con los pederastas?. ¿No es acaso el abuso sexual del débil por el más fuerte, aunque allí el más débil sea sólo por una cuestión de plata?. Además, la biblia (esa que sí nos vale para darles respetable coartada religiosa y cultural) lo considera antinatural (en Etiopía y en Roma). Y claro, es tan cinematográfico que se convierte en moda hasta el cansancio. Un lustro después, las asociaciones rosa se enteran en Europa y juzgan desde su ombligo eurointegrista, cuando además ya es toro pasado.

Y para seguir sin entender nada (desde aquí), sale el Killer a poner más teatro, más drama, y amamanta la Scare Dem Crew y sobresale el velocista jamaicano Elephant Man y sus 50 clones durante la pasada década. Pero también aparece Assassin cachondéandose del “Wipe Out” de los surferos garajeros Trashmen, y así el público rock recuerda que si los jamaicanos han vuelto a Africa, y a sus ritmos tribales, pero ahora sintentizados y congelados al máximo, para recuperar como propio lo que era suyo fuera de las modas blancas; pueden volver a meterse en el rock y en el pop, como hizo Marley con Johnny Nash, cuando quieran. Es el mundo de la noche, con sus destellos y sus sombras, ¿qué quieres?.

Y ya se sabe que el nite biz se ha escrito siempre con drogas, mafia y dólares. Así que mientras los bucks corran, acudirán en masa millones de mosquitos de todas partes a la luz. Entonces casi todo se convierte en industria, en marketing (vocoder y r&b americano incluído). Y como la industria siempre necesita highlights para vender, nada mejor para eso que un nuevo beef.

Lo de Vybz Kartel y Mavado es proverbial de los tiempos violentos de Garrisons que corren. Gaza versus Gully. Pero no es más que el último capítulo de la historia de siempre. Nite biz. Hasta la siguiente. Piques históricos hay como poco uno por década. En el dancehall moderno todos recordamos a Shabba contra Ninjaman y éste contra Supercat, Beenie contra Bounty y ahora Kartel contra Mavado. Pero siempre se repite el mismo esquema: uno se lleva la gloria comercial, la popularidad y la atención internacional, y el otro el respeto local y la credibilidad callejera. Tal vez por eso Kartel graba con Rihanna (aunque sea el cover de “No, no, no”), mientras Mavado graba con Wycleef Jean ó 50 Cent. Cuestión de miras. Incluso se recuerdan piques triples como los de Capleton y Sizzla con Beenie por ver quien actua como headliner, o el actual entre Busy Signal, Aidonia y Munga.

Pero algo que nunca podremos entender aquí es cómo en JA han podido llegar a niveles de intransigencia popular tales que se involucren barrios enteros en la rivalidad artística. Aunque bullys ha habido siempre (el propio Marley tuvo que ejercer también en sus primeros tiempos), en realidad no hay discusión: Kartel sale siempre elegido como rey más popular en cualquier encuesta a pie de jugglin’ (ya no digo en los clubs), incluso en Gully (el feudo de Mavado). Beenie aún resiste como tercero.

Pero además está la prensa local como el Star (más que el Gleaner) para amplificar los incidentes desde el choque entre los dos colosos actuales en el Sting del 2008. Atrás quedaron los tiempos de “Happiest Days” (2007) en el los que cada uno interpretaba su papel de deejay y singjay. Mavado le llama batty en “Self Defense” y Kartel le contesta que no puede ser gay porque se tira a su madre, en la mejor tradición de las batallas de gallos callejeras. Y de ahí, para aburrir: que si los hinchas de Kartel te rayan el coche o te revientan el jugglin’ si metes sesiones del rival (cuidado si pasas por St. Andrews). Que si Kartel se falta continuamente con la “viejecita” de Bounty Killer (gloria nacional) y éste le llama públicamente ingrato (y con razón, pero la ambición del nº 1 es así).

En realidad no es para tanto. Es verdad que “Di Teacha” (Kartel) cambió el estilo dancehall en los primeros 2000 relevando en la escena a Elephant Man (y las secuelas de Bounty) con un estilo más musical en las rimas y más flexible en las letras. Kartel, con una astuta campaña de colaboraciones en USA (Busta Rhymes, Ghostface K., Cocoa Brovaz, Fugees,…) se hizo con el “bone, thugs & harmony”, casi sin rivales. Pero cuando todos los “students” querían copiar el estilazo 2K de “addi di teacha”, apareció sobre el 2005, “Di Principal” (Mavado en el barrio vecino “Gully”), y aunque con toda una oscura cosmovisión gángster detrás, su estilo vocal más cantado que rapeado revolucionó otra vez la escena. Más underground, su estilo creativo hacía que las rimas sólo reservadas inicialmente para thugs, se popularizaran desde las abuelitas a los niños. Su ingenio y sus ecos llegaron al “Grand Thef Auto 4” y hasta Nike lo fichó para sus spots.

Para defenderse, Kartel lo menospreciaba diciendo que comparar un deejay con un cantante, es como comparar a Jay Z con R Kelly. Pero la vida da muchas vueltas: lo gracioso es que, si el Profe cambió el dancehall con su estilo deejay, el Jefe lo cambió a él convirtiéndole en singjay. No hay más que escuchar a Kartel desde su colosal “Rampin Shop” ó su más reciente megahit “Clarks” para comprender que el estilo más actual de Mavado en “So Special” ó “Hold On” hace que ahora empiece a respetar la tradición, de la que renegaba, grabando cosas como “Slow Motion” y sobre todo “Yuh Love”, para comprender hasta que punto Mavado le ha influído vocalmente. Así que aunque él se lleve la gloria ya sabeis quien es el “Real Killer”.

Será por eso, o más bien por la presión de la prensa y los continuos incidentes de sus seguidores, los dos parecieron sellar la paz entre barrios en 2009 con el “Peace Treaty” de West Kingston y grabando el himno “Sunrise” (“sunshine/sunrise/gunrise”) sobre el riddim Ghetto Whiskey de 2010.

Dicho esto, ahora toca que empecemos con la lista de los seguidores. A mí me gusta Serani y a ti Tarrus Riley. A mí I-Octane, a ti Khago y Demarco. A ti Sean Paul y a mí el “Bend Ova”. ¿Seguimos?

Carlos Monty. Febrero’2011.