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Capítulo 29: El Reggae de los cantantes – Especie en extinción

Posted on 17 julio 2014 in General by lupo

Siempre que me preguntan qué tipo de reggae es el que más me gusta, contesto lo mismo: el Reggae de los Grandes Cantantes. Lo siento, llámenme viejuno si quieren pero no encuentro comparación posible. Como mi natural perruno, y una vez acabadas (otra vez, ‘dita sea) mis existencias de Appleton Special, no me animaba a escribir una mierda desde hace meses, y resulta que ha tenido que venir la traducción de la esencial bio de Sugar Minott por Beth Lesser, que he tenido el honor de prologar, para recordarme lo esencial: Por qué amo tanto la música jamaicana. Miento (también soy de natural embustero, lo tengo todo, je), las colecciones del gran Barracuda en Radio Gladys Palmera, tocándome la fibra con mis “Paraísos Perdidos” también han hecho lo suyo.

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 Sí, miren, debo tener el oído muy pop. Posiblemente si fuera más rockero en el sentido lisérgico, psicodélico, estaría más enganchado al “dub” o si me apuran al “toasting”. No me confundan, no es que no me gusten, o que pase del dancehall y sus excesos espectaculares con sus sorpresas constantes en la producción.

Pero es que miren, es ponerse a repasar las discografías de Sugar, Gregory Isaacs, Dennis Brown, Freddie McGregor, Beres Hammond y compañía, y volver a reencontrarme con lo sublime. Una y otra vez. Me conozco las canciones casi de memoria y da igual, siempre descubro un matiz nuevo. Aunque no lo crean, hubo una época en que el espectáculo lo aportaba el cantante. Sobre todo si además era compositor y productor. No el frontman, no lo que decía para enganchar al público (que también), ni las chaquetas “too fancy” que llevaba en el escenario, ni el “forward” programado, no los contoneos ni las provocaciones sexuales como hoy, no. El espectáculo lo ponía su capacidad artística para llevar y hacer volar al público, con su voz, sus armonías, su imaginación. Ya sea reinterpretando un standard, poniendo azúcar en el café del micro, llorando delante de él, demostrando sus tablas con cualquier estilo musical.

Todavía recuerdo un concierto en el año 2000 de Frankie Paul en la Sala Bikini (creo recordar) donde el venerable ciego era capaz de trasladarnos a todos a Las Vegas sin salir del escenario. A eso me refiero. A esa capacidad de evocar toda clase de lugares, ambientes, escenas (románticas o no), épocas y universos tan solo con su voz, el mayor instrumento musical que existe y existirá, cuando está bien educada y en manos de un verdadero artista. Se llama talento.

Y esa capacidad de emocionar solo con la voz, querido lector, en el siglo XXI de la alta tecnología, ha desaparecido, ya no existe. Para el gran público ha pasado a un segundo plano, sumergida por los efectos de sonido, por el forward, por la urgencia que nunca hubiera permitido nacer al reggae, si el one-drop no hubiera hecho aparecer los espacios que se necesitaban en el ska y el rock steady para rellenar esos espacios con guitarras azucaradas, bajos humeantes y percusiones hipnóticas, que tanto nos apasionan.

Miren quienes son los cabezas de cartel de la mayoría de festivales, quienes venden más discos, o copan las radios, y verán que salvo ejercicios de nostalgia, más voluntaristas que otra cosa, el gran público ya no valora los matices de una voz, la perfección de los arreglos vocales, la inspiración o la evocación de una melodía vocal, como el éxtasis que ha ido a recibir o que espera obtener. Se corea antes una rima ingeniosa, una pose espectacular o un diss provocador, que un talento artístico trabajado y sostenido.

Sí, si una gran masa ve en un gran escenario a un gran cantante, Beres o Freddie el pasado año por poner un ejemplo, claro que lo aprecia. Aunque no conozca el repertorio ni al artista, sabe instintivamente que está ante algo bueno, muy bueno. Pero eso ya no es lo principal. Dame luces, dame ritmo, dame marcha, dame forward para la massive, túmbame con un muro de sonido, eso es lo que se busca mayoritariamente en un concierto, o en una disco, ya no digo en un sound.

Y no digo que todo eso esté mal, hay masters en el dominio de ese juego. Pero hablemos en serio. Musical, artística, creativamente, no resiste comparación. En este negocio entre el espectáculo por el espectáculo y la urgencia, lo que era secundario, superficial, el envoltorio, se ha convertido en este siglo XXI en lo principal, y lo principal, el talento del artista empezando por el cantante, se ha quedado en lo secundario.

Vale, ya sé que me van a objetar que hay nuevas generaciones tratando de recuperar aquella capacidad de transmitir, de emocionar, solo con su voz (autotunes y vocoders, aparte). Permítanme que lo dude, no tanto por su propio talento artístico (que no pongo en duda), como por las reglas del negocio de masas hoy día.

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Tomemos por ejemplo, el primero de aquellas jóvenes promesas que despuntó entre los mayores, atreviéndose a rendir tributo nada menos que a Alton Ellis para presentarse en sociedad: Romain Virgo. ¿Tenía espacio para más escuela rock-steady?. La respuesta se ha visto con solo dos álbumes: No.

Cierto que igual nos pasamos de expectativas para un chico salido de un concurso de talentos de la tele, pero teníamos tanta hambre de derroche artístico en gargantas de ahora, que la euforia, aunque efímera, estaba más que justificada. Y no será por falta de voz, que de eso tiene un enorme chorro y además bien educada, sino porque en cuanto ha tenido que buscar su espacio, su salida natural ha sido el pop para niñas en radio-fórmulas, por más que trate de aparentar devaneos con el gueto. Es decir, en la música actual no hay espacio para cantantes de verdad, cantantes auténticos como él, salvo que se prostituyan al servicio de producciones mainstream.

Y eso nos lleva a los nuevos beatnicks del Reggae Revival. Talento, lo que se dice talento, no falta. Ver o escuchar a Jesse Royal o a Chronixx en acústico da buena prueba de ello. Además ambos están bien emparentados y apadrinados artísticamente. Y de Protoje cabe decir otro tanto (no me hagan escribir la lista, el que no la sepa, que investigue por sí mismo).

Pero sobre su capacidad para resucitar la excelencia artística de los grandes cantantes, existen legítimas dudas. Primero, porque son demasiado jóvenes para demostrar aún si sus carreras pueden prevalecer sobre el paso del tiempo y las modas. Después, porque casi todos los grandes cantantes, además de ser también compositores, fueron o acabaron convirtiéndose en sus propios productores. Y ahí está una de las claves, la dependencia de las producciones ajenas.

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 El caso más ejemplificativo es el de Jesse Royal que ha pasado de grabar con los indiscutibles Sly & Robbie y el veterano Chinna Smith en “Little Did they Know” a publicar mixtapes (los Lps de hoy) con personajes tan discutibles como Walshy Fire de los caníbales musicales Major Lazer (“Royally Speaking”). Si la expectativa era probar la versatilidad del cantante en una producción más o menos dancehall de las que nos tienen saturados Major Lazer, el resultado no puede ser más decepcionante. Sin duda el aparato mediático que acompaña a los best-sellers de Major Lance ayudará a promocionar internacionalmente al cantante, cuya versatilidad sí resulta probada.

Pero con todo, el “disco” no consolida la propia carrera del artista, que queda a la sombra de una producción en la que además de truquitos de estudio en los cambios, ni siquiera es una producción dancehall con la fuerza de una mixtape callejera cualquiera de Kingston (incluso de conscious reggae) y en la que se escucha desde beat inglés al estilo de los Kinks al hip-hop de Arrested Development, pese al guiño a Burning Spear en la remix de “Wadada”.

Por supuesto, como todo crossover con vocación de superventas, resulta variado y entretenido, es decir para-todos-los-públicos, pero a costa de adulterar el original, el sello de marca personal del artista que parecía inclinarse hacia la reivindicación del roots clásico. Por tanto, el experimento (suponiendo que de eso se trata) tiene más de resultado comercial que de artístico. Y siendo así, sigue en el debe de los Rasta Youths la obra maestra que los trascienda fuera de su generación, es decir de forma intemporal. Así que en la comparación con los clásicos siguen con el examen pendiente.

Y luego está la prueba de fuego. El directo con músicos de verdad. Por lo que sabemos hasta ahora con Protoge y Chronixx, de momento hay más buenas intenciones que resultados convincentes. En el Rototom 2014 que ha apostado abiertamente por acoger esa joven y creciente escena de nuevos cantantes (a salvo de comprobar si de verdad Jah9 puede convertirse en la Erykah Badu jamaicana, más allá de los turbantes), y aun lamentando la ausencia de Asante Amen, en mi opinión el cantante de mayor calidad de toda esta nueva camada; tendremos la oportunidad de comprobar cuanto resisten estos nuevos talentos en un escenario grande y ante miles de personas. Mis dudas tengo.

De ellos depende no obstante, convencernos de su longevidad, más allá de sonar guapos, jóvenes y frescos. Time Will Tell.

CARLOS MONTY – JULIO 2014

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Capítulo 1: Jamaica y sus paraísos perdidos

Posted on 1 octubre 2010 in General by admin

Con el Rototom hispano terminado y viendo la respuesta de una audiencia tan masiva ante el repertorio de artistas jamaicanos tan veteranos como Big Youth, Bob Andy, Max Romeo o Mighty Diamonds, que acudieron al festival, he podido confirmar una sospecha que ya tenía hace años: que las esencias del verdadero reggae jamaicano, buena parte de la raíz de su identidad musical, no es ya más que un paraíso perdido, un eslabón olvidado que no ha conseguido traspasar las barreras generacionales del tiempo y el espacio, ahora que en el siglo XXI todo es globalizado e internacional.

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