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Capítulo 19: When Reggae became Discomusic

Posted on 12 Noviembre 2012 in General by ACR Crew

Estaba yo a vueltas con aquellos debates sobre quién había sido el rey del pasado Rototom, si Freddie McGregor o Beres Hammond, cuando mi botella de Appleton Special se acabó una vez más. De mala leche desde que la distribuidora de mi ron favorito había decidido suprimir en España la comercialización de la versión barata del oro líquido, y sólo había dejado en las licorerías el Real Estate a treinta y pico euros la botella, necesitaba una inyección de optimismo y placer que me compensara.

Así que cavilando sobre la carrera de Beres hit by hit, a quien yo postulaba como favorito al cetro del festival y eso con lo que representa personalmente para mí Freddie (con quien he coincidido a solas en momentos cruciales para mí en los 90), de pronto topé con aquel disco de Beres, el primero tras Zap Pow y el segundo en solitario de su carrera “Just A Man” (1979), cuando fue rescatar su cara A con esos pildorazos disco de “Music is a Positive Vibration”, “Keep my Wheel turning” y sobre todo “Do this World a favour” y volverme la sonrisa a la cara al rencontrar otra vez uno de mis paraísos perdidos.

Aunque el de Annotto Bay ya había ensayado el estilo vocal en su debut solo “Soul Reggae” (1976), aquella aproximación al soul americano parecía más inspirada en el Reverendo Al Green y en los Four Tops. Pero esto del 79 en plena era discomusic, era gloria bendita digna de formar en el score de “Vacaciones en el Mar” sin dejar de ser reggae en ningún momento, con esas orquestaciones empalagosas del Philly Sound, los coros boogie y los arreglazos de cuerda y hasta vibráfono, y con esos omnipresentes efectitos de producción de aquella época hedonista irrepetible (el wah-wah de la guitarra funk, las dichosas campanitas sintetizadas, las palmaditas enlatadas y los triggers y los pads electrónicos de las baterías que tan populares se hicieron en los primeros 80).

Entonces, ¿si alguien tan solvente como Beres Hammond podía haber hecho aquello con tanta dignidad y soberbios resultados artísticos, cómo es que me martilleaban la cabeza aquellas imágenes de la peli “Rockers” con Horsemouth Wallace y Dirty Harry (otro Alpha Boy) mostrando la rebeldía rasta en aquel legendario “Takeover” en el que acaban asaltando la cabina donde se pinchaba funky en un garito con pinta de estar en Halfway Tree Road o el Uptown, para recordar a los parroquianos como se rockeaba el “Queen Majesty” haciendo toasting hasta que llega la Babylon?. Lol!.

Aparentemente la invasión de la disco-music de los late 70’s había tenido su respuesta casposa, racista y homófoba en América y Europa con aquel aberrante slogan de “Disco Sucks!”, como una reacción blanca y puritana a la amalgama de negros, latinos y homosexuales que habían germinado su liberación al margen del establishment musical en los antros de las grandes ciudades, desde que la Policía tuvo que dejarles vivir, tras los muertos del Stonewall neoyorquino que dio origen al día del Orgullo Gay. También puedo comprender que los rastas más militantes rechazaran la influencia disco y funk en plena era PNP y Natty Dread, por su exhibicionismo lúdico y extranjerizante, con la que estaba cayendo a balazo limpio en los guetos del downtown aquellos días, pero ¿realmente los músicos y productores de la Isla rechazaban la música disco? Echemos un vistazo a la producción discográfica de la época 75-85 para comprobar que la escena de la peli no se correspondía mucho con la realidad.

De entrada, ya se sabe que los jamaicanos adaptaron el compás de la música afroamericana, no sólo en cuanto al concepto de grupos vocales al estilo de la factoría Motown (todavía me recuerdo discutiendo con Sergio Monleón a finales de los 80 en la radio, que aun negaba que Marley era fan declarado de Curtis Mayfield y sus Impressions, y hasta de Barry White; sabíamos tan poco entonces), sino además haciendo versiones sin parar de cada éxito negro en las listas americanas, década tras década, desde los clásicos soul de Maytals, Delroy Wilson y Heptones en los 60, a clásicos funk de Memphis como el “Respect Yourself” (Third World) ó el himno Philly “Ain’t no stopping us now” en los 70, Tracy Chapman o Prince en los 80, y así hasta nuestros días.

Pero en los 70, también se habían atrevido con el sonido menos rasta posible. El sonido de la disco-music, entre otras razones, porque el formato maxi ó 12” ya estaba presente en la Isla desde mediados de los 70 bajo el apodo de “discomix”. Bajo esa confusa denominación, Lee Perry creó toda una galería de remezclas extendidas con resultados en algunos casos memorables, como las versiones del “Party Time” de Heptones o el “Bad Weed” de Junior Murvin (la remezcla de “Police & Thieves”) cuyo consumo para sounds y discos consagró con un Killer tune llamado “Disco Devil” sobre el “Chase the Devil” de Max Romeo, que incluso ha sido rescatado no hace tanto por Kanye West en el “Lucifer” de Jay-Z

Otros que sacaron especial partido al formato discomix fueron Culture, cuya versión extendida de su inmortal “Jah Jah See Dem a Come” permanece como uno de los hitos de aquel periodo Natty que tan bien personificaba Joseph Hill. La lista es larga, Tony Tuff, Nicodemus, Dillinger, todos tenemos nuestros favoritos de aquel periodo dancehall pre-digital de los últimos 70 y primeros 80, sobre el formato maxi, con un sonido que no se ha vuelto a repetir. Hasta el gran Tommy McCook había hecho un discomix en el 75 con un scorcher llamado “Revenge” que no podía sonar más rasta y al que pusieron voz y deejaying Tappa Zuckie, Trinity y el propio Dillinger, entre otros. Por eso adoro tanto los discomix con sabor puramente rasta.

Pero el perfecto falsete de Beres Hammond en “Do this world a favour” me exigía más. Acercarme más al punto en que los jamaicanos hicieron música americana de baile declaradamente, sin perder por ello su esencia jamaicana.

Al primero que había que acudir era al inmortal Dennis Brown en su periodo con la disquera americana A&M. Casi todos los veteranos recordamos como en los primeros 80 Jimmy Cliff había triunfado comercialmente con “Reggae Nights” a lo EW&F y ya no digo nada de Eddy Grant y su “Jo’anna Gimme Hope”. Pero eso eran veleidades comerciales, y Eddy Grant ni siquiera era jamaicano, pensábamos muchos. Pero claro luego aparecía el gran Dennis con “Love has found its way” y te rompía los esquemas. Ya no digo nada, cuando la multi americana publicó en 2003: “The Complete A&M Years”. ¿Cómo era posible que el autor de “Westbound Train” y “Wolf & Leopards” pudiera haber grabado tan alegremente un proto-electro como “Out of the funk” o se pusiera en la piel de Rick James o Bootsy Collins en “Jammin’ my way to Fame”, e incluso le diera réplica al “Sexual Healing” de Marvin Gaye en “Save a little love for me” en aquel álbum de 1983 “The Prophet Rides Again” y que todos estuvieran producidos por el mismo Joe Gibbs y su mano derecha Niney the Observer? ¿Es que estos jamaicanos no respetaban nada? Lol! Claro, luego hay quien se extraña de que “Night Nurse” del Coolruler fuera éxito mundial en todas las discotecas.

Así que intrigado por esta conexión JA-NYC tan irreverente como incoherente culturalmente hablando, me pongo a rebuscar, y claro, no era el primero a quien llamaba la atención. No sólo eso, la onda reggae-disco está de moda! En 2010, el avispado sello SoulJazz no se cortó ni media en editar uno de sus álbumes fronterizos para frikis bajo el título “Hustle! Reggae Disco. Kingston-London-NYC” con hasta 8 discomixes de la época con sus correspondientes versiones jamaicanas de los boogies del momento, desde el “Ring my Bell” de Anita Ward al “Rapper’s Delight” de Sugarhill, hasta habituales de las listas americanas de entonces como los Whispers y su “And the Beat Goes on” (que en la versión reggae de Family Choice se convirtió incluso en un popular ringtone en UK) o el “Upside Down” de Diana Ross, pasando por las inevitables paradas en Michael Jackson (“Don’t stop till you get it enough” en el álbum, pero fuera de él, “Billy Jean” y otras tampoco se libraron).

Hace solo unos meses, con difusión menos masiva, la gente de Dub Me editaron otra compilación mucho menos evidente (salvo el título “The Reggae Disco Connection”), donde alternativamente al éxito comercial de las listas, reivindicaban como pioneros del iconoclasta invento a Derrick Harriott en “Dancing the reggae music”, rescataban una de las más formidables muestras de este híbrido musical, el “Back-a-Yard” de The In-Crowd, o mostraban como desde Dennis Brown hasta Peter Tosh (“Dubbing buk-in-hamm”) podían reencarnar a los Bar-Keys en “Get high on your love” o el sonido tribalista del “Paradiso” en el Village neoyorquino cualquier sábado noche, respectivamente. Awoohhh!!

Claro que abrazar tan despreocupadamente el sonido disco desde las calles polvorientas de Kingston, tenía que tener alguna razón más poderosa detrás. Y en América, de Alaska al Caribe, no hay otra razón más poderosa que el dios del dólar, sobre todo cuando detrás de muchas de aquellas producciones de época aparece constantemente el nombre de Joe Gibbs. Sí habéis oído bien. Joe Gibbs, el mismo productor que se había hecho famoso a la sombra de Randy’s con Errol Thompson como “The Mighty Two”. El mismo que tenía una banda de estudio con unos tales Robbie Shakespeare y Sly Dunbar en la sección rítmica y Earl Chinna Smith en la guitarra, con el nombre de The Professionals bajo la dirección artística de un tal Lee Perry primero y de Winston “Niney The Observer” Holness, después. El mismo que estaba detrás de muchos de los éxitos de Dennis Brown, Culture, Jacob Miller o Black Uhuru… Desde Beres o Barrington Levy a toasters como Trinity, Prince Far I ó I-Roy, la lista de los que pasaron por sus controles es interminable y forma parte del ADN más reconocible del reggae tanto a nivel local como internacional. Casi nada.

Pero Gibbs fue siempre más un hombre de negocios que un músico. Así que su apuesta por la fusión con los sonidos americanos le venía de lejos, si había negocio a la vista. Y cuenta la historia que en 1980, casi en la cresta de la ola de su poderío, desapareció de la escena jamaicana y se diluyó en Miami. Como para tantos otros, la avaricia fue su perdición.

Miami es el nombre central de esta locura. Cuenta la historia que los productores y artistas de Jamaica no daban crédito al rumor que corría de que en Miami, un tío de una tienda de discos y un ingeniero de sonido hubieran convertido en super-hit mundial, un chicle sexy como “Rock your baby” de Gwen McCrae con una producción sólo de 300 dólares, en 1974. Claro que los dos tipos eran nada menos que Harry Casey (KC) y Richard Finch, y entre los dos colocarían en el mapa de la música disco a Miami durante toda la década de los 70, con aquel llamado “Florida’s Sunshine Sound” que encabezaba el propio KC & the Sunshine Band con “That’s the way (I like it)” y otros clásicos inmortales del género.

Pero antes de que Gibbs diera el salto a los cayos de Florida, otro espabilado ya se había instalado en Miami. King Sporty no esperó. Sabedor de que en Miami había lío, ya en 1973 se estaba instalando allí. Atrás habían quedado sus tiempos de toasting con Delroy Wilson, los Skatalites y Hugh Roy, como hombre de la casa de Sir Coxsone Dodd y sus producciones, donde ya apuntaba el gusto por las guitarras más proteicas que el skank tradicional, por ejemplo en “The More Things Change” grabada ya en 1972 en el sello “Kingston” pero al estilo Memphis, e incluso con los Heptones en “Choice of Colour”, y sobre todo cuando le dejaban suelto en el subsello de Coxsone “Banana”. King Sporty que era un verdadero músico y productor apostó rápido por la escena de Miami, se casó con la cantante soul-disco Betty Wright, y se asoció para entrar en la escena local con Henry Stone, el co-propietario de TK Records donde se grababan todos aquellos éxitos disco de Miami. En cuanto consiguió algo de pasta, fundó sus propios sellos Konduko y Tashamba con los que ancló la conexión Kingston-Miami de manera cuasi definitiva, incluso con espectáculos corales llenos del soul caribeño mezclados con las orquestaciones y el forward funky de la época.

Orbitando sobre los profundos cambios de la música a finales de los 70 y primeros 80, Sporty se apuntó incluso a la moda del proto-electro y los orígenes del hip-hop, llegando a grabar con su cantante de cabecera J. Griffin “Haven’t been funked enough” que llegó a ser distribuido por la mismísima Tommy Boy, en los tiempos en que el “Planet Rock” de Afrika Bambaata arrasaba, aunque nunca olvidó sus raíces jamaicanas grabando con otro expatriado como Ernest Ranglin’ (“From Kingston JA to Miami USA” en 1983) y sobre todo con las varias versiones alternativas que co-escribió y grabó con Bob Marley de “Buffalo Soldier” en 1980, aunque la toma definitiva que apareció por primera vez en el álbum póstumo “Confrontation” en 1983 no fue la suya. Con su esposa Betty Wright y su hija Aisha siguió envuelto en la industria del rap y el Miami Sound Machine hasta casi nuestros días.

Mientras, Joe Gibbs que no paraba de viajar de la Isla a Miami a finales de los 70, había producido en el continente la primera canción de rap de Miami al atreverse con una versión del “Rappers Delight” de Sugarhill Gang el mismo 1979. Aunque la adaptación acreditada al duo rapper femenino Xanadu & Sweet Lady no podía desmarcarse de la demoledora línea de bajo de Bernard Edwards (Chic), la cara B de aquel discomix, llamada “Rocker’s Choice” mostraba todo el talento de Gibbs en el dub experimental que llevaba al infinito las propuestas de producción que más tarde en los 80 escucharíamos en las producciones de Sly & Robbie. A través de su sello DubWise, Gibbs estuvo tonteando en América con el electro hasta el inicio de su declive popular a partir de 1984, justo cuando sus problemas legales con la piratería acabaron con su negocio allí y su planta de producción de discos fue embargada y cerrada. Al parecer, había tenido el desparpajo de añadir su nombre como co-autor para cobrar los derechos en la versión del clásico country-pop de Charlie Pride “Someone loves you, honey”, en su propia grabación para la entonces debutante J.C. Lodge, allá por 1.980. A Joe Gibbs no le quedó más remedio que volver a Jamaica, donde ya había quedado fuera de juego, eso sí, no sin antes revender sus masters y tratar de asociarse con Clive Chin de VP Records.

Genio y figura de la forma de hacer en la Isla. Dólares y copyrights. Fanfarria y oropel. Pero talento y visión, imaginación y sentido del humor, placer sublime y obras maestras para finos paladares, en uno de los episodios más oscuros e injustamente menos valorados de la historia de la música jamaicana.

Carlos Monty. Noviembre 2012

+info audio: Podcast “Alma de León” 28-10-12 (RNE3). 2ª hora: media7.rtve.es / www.rtve.es