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Capítulo14: ¿Que queda del Trenchtown Rock?

Posted on 25 Enero 2012 in General by ACR Crew

Estas navidades me regalaron la edición castellana de “Ver Trenchtown y Morir” de la referente francesa Hélène Lee, y que aquí se tradujo bastante apropiadamente a su contenido como Trenchtown Reggae. En las calles de Bob Marley. Justo ahora que acabo de estar allí, donde indefectiblemente todos mis caminos no conducían a Rema sino a Trenchtown, y cuando además se acaba de estrenar en DVD la elegía sobre Leonard Howell, “Le Premiere Rasta”, el fundador anarquista de la Comunidad del Pinnacle y por ende del movimiento rastafari en paralelo con la doctrina panafricana de Marcus Garvey.

Con Jamaica siempre me pasa. Es curioso cómo esa continua disputa entre el duppy y el obeah, entre lo legendario y lo real se confabula para enviarme señales. Llamadme supersticioso, pero no creo que haya otro lugar mejor en el mundo para volverse animista. Desde que Bragga decidió subirse a mi coche cuando visité Hope Road 56 en 1991 para buscar las viejas huellas de un pasado mejor y se despidió de mí diciéndome: “ahora ya has visto, ve y enseña a tus gentes, spread the holy vibe”, he sentido una fuerza permanente que me impulsa a cumplir su designio, aun no sé bien por qué. Sí, allí las señales de la naturaleza van y vienen con tal frecuencia que es imposible no escucharlas, incluso pese a la estridencia del omnipresente grito dancehall de la ciudad, encarnación permanente de Babylon, y tan distinto del olvidado livity del campo.

Y ahora, de golpe: ración extra de Hélène Lee y el mismo espíritu no condescendiente con el que tanto me identifico y tantas tribulaciones nos trajo y nos trae (a ella y a mí). Allí y aquí. Releo la desesperanza sangrante de su alma rebelde ante el sacrificio permanente de lo mejor que queda del pork barrel rasta, de aquella independencia mental tan liberadora y “tan peligrosa” de los asentamientos rastas venidos del campo y las montañas por Spanish Town Road, que se identificaban primero con Back O’Wall en la zona del puerto (hoy el desangrado Tivoli Gardens) y al otro costado del cementerio para los pobres de May Penn, con las célebres 7 calles del Trench Town propiamente dicho, donde como es sabido se tejió buena parte de la leyenda del reggae universal.

Y mi subconsciente no puede evitar retrocederme de nuevo a la desolación de Collie Smith Drive y su gully corriendo abandonado e indolente por medio, para recordar que hasta hace nada aquello ha sido frontera a sangre y fuego de la política de government yards y garrison constituencies con la que el clientelismo político jamaicano y colonial manejó a su antojo a los pobres y también durante muchos periodos a buena parte de la comunidad rasta, porque pobre y rasta no es lo mismo, pero en las 7 Calles, como oscuro objeto de deseo de todas las fuerzas del mal, la batalla entre el espíritu y la supervivencia siempre se libró con más brillo gracias a la presencia de Mortimer Planno en su 5th St. y de tanto y tanto talento refugiado en sus calles. Tanto que el grito de la pobreza adquirió el fuego y el resplandor que solo la creación artística puede proporcionar, hasta hacerse universal.

Sí, hay mucha Jamaica en el libro de Hélène Lee sobre el barrio, y mucho sufrimiento y mucha rabia ante la impotencia, pero me fijo en que está escrito con la experiencia de su último viaje en 2002, y me pregunto qué queda de aquel Trench Town Rock, 10 años después, ahora que los Garrisons son una institución hasta académicamente estudiada, y que en la lucha por el Pork Barrel de West Kingston, Trench Town ya no está en el ojo del huracán y el foco se ha desplazado un poco más allá (a Tivoli Gardens, según la erupción de 2010 con el caso “Dudus” Coke).

Y reparo que en el fondo es lo mismo que preguntarse, qué queda de aquel espíritu de las 7 Calles en lo musical y artístico, en el mensaje, hoy día.

Así que retrocedo mi mente a mis días en el gueto, donde todos los caminos de una u otra forma me devolvían a Trench Town y al Kingston downtown en general. Y lo primero que me llama la atención es que el eje de la disputa parece haberse desplazado definitivamente, de la frontera entre JLP y PNP por la que la calle 7 era el fin del mundo como encrucijada con Rema y Jones Town de un lado y el Concrete Jungle (hoy Arnett Gardens) del PNP por otro; a un límite superior y más profundo que las diferencias partidistas: la diferencia entre ricos y pobres, por la que el downtown entero, desde la estación y la iglesia de CrossRoads hacia abajo, hacia la zona portuaria, parece definitivamente abandonado a su suerte, a su desgracia.

Pero aunque Trench Town no esté por el momento en el centro del huracán, la sangre es espesa y no olvida, y debe ser por si acaso, en recuerdo del Burnin’ and Lootin’, que los pocos coches que se aventuran por el firme de Collie Smith Drive (un pavimento tan desgastado que la última vez que fue objeto de reparaciones por el municipio debió ser cuando las bandas mataban a alguien cada día en aquel Diciembre sangriento de 1975), acaban casi siempre en el Culture Yard de la First St. o vienen de él. ¿Qué se te ha perdido sino en aquellas calles agotadas ya de tanta desesperanza?.

Como las rosas en el desierto, la recia mata del rasta trata de sobrevivir al abandono del tiempo y el gobierno, reivindicándose como comunidad al margen en la Lower First Street, aprovechando los patios comunes de los números donde vivieron Marley y Bunny y Vincent “Tata” Ford. Ese patio musical del que todavía me habla Donette Dowe al frente del Cultural Yard, 10 años después de contárselo a Hélène Lee.

Hoy como ayer, no hay subvención alguna, su fundador Meadow Gong hace mucho que murió asesinado y sólo el estoicismo sideral heredado de los elders parece mantener como congelado en el tiempo este centro destinado a la preservación de la memoria histórica de los asentamientos rastas, del crecimiento de la gran ciudad, de la génesis de la leyenda urbana que se hizo universal. No hay sponsors para mantenerse, solo la voluntad de los pocos turistas que se acercan, así que me parece increíble que Donette trate de convencerme de que sus recursos proceden de la Semana que dedican anualmente al Bob Marley Anniversary, con sus exposiciones y conciertos a los que dice que viene gente de todo el mundo, en ese mismo descampado lleno hoy de maleza que en su día fue un polideportivo donde Marley jugaba al futbol y donde los Wailers telonearon nada menos que a Marvin Gaye en 1974.

Me pregunto donde están aquellos proyectos de rehabilitación del barrio que PJ Patterson presentó al mundo cuando la reina de Inglaterra, la Missis Queen visitó Trench Town en su Golden Jubilee de 2002. Seguro que no la pasearon por el Cultural Yard ni por su cercano Reading Centre, es decir por las iniciativas de su gente para pervivir su memoria. No, se la llevaron al Hugh Sherlock Community Centre y al Boys Town School de Rema. No en mucho mejor estado de conservación, pero sin el espíritu rebelde de las 7 Calles. Casi mejor, la militarización de la zona esos días era más asfixiante de lo habitual.

A diferencia de Madame Lee yo no encuentro a Stoneman por ninguna parte, la artesanía en venta para los turistas, parece escasa, como si tuviera que permanecer ahí como seña testimonial de identidad. A cambio, parece haber una comunidad de Bobos habitando en el centro y en el patio donde la misma figura de Marley que en Hope Road, se ven rastros de algún fuego que sirvió para calentar un porridge, el popular potaje jamaicano. Donette me explica que pese a la estatua, Rita Marley ignora el Trench Yard desde su inicio por el 2002, y que del clan Marley solo Julian y Stephen colaboran siempre que pueden. Pero están en contacto con músicos y artistas que vienen de todas partes a rendir culto al origen y hasta organizan competiciones vecinales de fútbol y otros deportes.

Así que me voy a dar una vuelta por el barrio para ver los famosos retratos de las leyendas del reggae que se pintan en las paredes desconchadas dejando su teléfono en el grafiti por si alguien les contrata, con un rasta más joven, y absolutamente positivista llamado Dominique, fan de mi tocayo Don Carlos.

Me paseo en su compañía por el inner del barrio y conforme más nos alejamos de la Collie Smith Dr. más noto la sensación de abandono total de esas calles sin red de alcantarillado, de esas calzadas impracticables, de esas casas sin baños condenadas a los degradantes orinales donde la gente hace sus necesidades y a los desperdicios a la vista en los ramales del gully. De pronto encuentro un proverbio al lado de los retratos de Garvey, Paul Bogle, la reina de Saba y otras grandes personalidades. La “sankofa dice en perfecto inglés: “We must go back and reclaim our past so we can move forward: so we understand why and how we came to be who we are today”

A mi memoria viene entonces el recuerdo de una casa en la Third Street, como en la que vivieron Joe Higgs o Ken Boothe, pero que hoy no representa una leyenda para ociosos coleccionistas internacionales. Hoy es una muestra de la vida en el gueto, con gente trabajadora tratando de salir adelante, desafiando a la fatalidad. Pongamos que una señora trabaja en una gran compañía local, donde tiene que hacer guardias o turnos, así que el trabajo es lo primero, pero eso no permite estar pendiente de los hijos como se debe. Y más cuando a tu marido lo mataron y  a tu hijo mayor también. Así que los siguientes de la prole parecen abonados al mismo destino, la cárcel o la muerte. Por eso, la buena señora se empeña en reprimir las salidas a la calle de su último hijo el más pequeño, de unos 9 años, consciente de que es como poner puertas al mar. Quiere imitar a su hermano mayor, que tenía mucho talento para la música, siempre pendiente del “Rising Star” (el O.T. de allí) cuando era pequeño, pero que ahora está en la cárcel cumpliendo una sentencia de 8 años por dejarse envolver por las malas compañías y acabar involucrado en un tiroteo. ¡Como si hubiera “buenas” compañías! le respondo, y me confiesa que sí, que espera que cuando su hijo salga de la cárcel, no vuelva nunca más por Trench Town, donde no hay ninguna oportunidad.

Es la hora de la comida y el ambiente se vuelve asfixiante en todo el downtown. Cada día, cientos de miles de personas tratando de conseguirse algún tipo de alimento, de conseguir su lunch money. Nada de Island’s Grill y Captain’s Bakery (las populares cadenas de comida rápida a la jamaicana). Ni siquiera un patty de pollo o carne. Eso es para burgueses o como mucho, trabajadores. Pero en el downtown son demasiados los que no tienen nada. Ni siquiera son vendors en Coronation Market ni anuncian el próximo bus a Panishton (Spanish Town). Son solo legiones de yonkis del hambre flotando en el ambiente, dispuestos a cualquier cosa por su lunch money. El propio Dominique me dice que lleva 2 días sin comer, así que es momento de soltar plata para que preparen algo de comida a la entrada del Yard, eso y unos porros como los que he visto cortar a machete sobre una tabla de madera que aquí sería jamonera, aplacan la furia de cualquiera: “Un método de control de la violencia sin duda mucho más barato que los M-16 de la Policía. Pero claro: si la gente no pasara hambre se volvería arrogante. Para seguir teniendo a Trench Town de rodillas hace falta que la miseria sea total y el caos absoltuo” sentenciaba en su libro Madame Lee.

Pero siempre hay excluidos. Como las tres ghetto-girls a la puerta del Reading Centre que pasan el día sentadas en la calle, sin hacer aparentemente nada concreto. Una amamanta a su bebé y las otras parecen acompañar, pero mientras esperamos a terminar las gestiones con Donette en el Yard, no pierden oportunidad de sacar su propia lunch money de mis dos acompañantes de Portmore. La situación se vuelve tan incómoda y las proposiciones tan groseras, que hasta los 2 duros se ponen bumboklaat y acaban discutiendo entre ellos sobre cómo reaccionar ante una gueto gyal, para que luego no les llamen machistas, cuando lo que hacen es defenderse. ¿Cómo explicar todo esto en España, cuando allá el mundo es al revés?.

La cosa es que veo huellas del pasado, veo rastas sueltos, por todas partes, como flotando sin encontrar su sitio en la nueva Jamaica, pero no veo comunidades rastas, más allá del patio de los Marley en la Lower First Street. Me dicen que tal vez en Denham, pero que en realidad donde puedo ver verdaderas comunidades rastas es en Bull Bay, o sea como en los tiempos en que Rita tuvo que irse con la prole porque Chris Blackwell había echado a Marley de la casa de Hope Road. Solo que ahora predominan los Bobo. Y eso que en Trench Town, aunque sea en las 7 Calles, todavía hay cierto sentido de comunidad pese a todo. Pasarse por las chabolas de uralita semi abandonadas de Rose Town o Denham, o rozar siquiera los restos del antes potente Tívoli Gardens, es alternar entre la cochambre inhumana y la devastación de la guerra. El infierno en la tierra. Se me encoge el alma.

Así que en medio de esa desolación, de esa maldición del abandono en el que los pobres de Jamaica han vivido en West Kingston desde que llegaron a la gran ciudad, sin que ni el dinero del reggae ni gobierno alguno haya servido para remediarlo, ¿cómo es posible que el aullido festivo de bikinis y mojitos del dancehall se escuche más que el rugido del hambre de los sufferers?.

Pues sí, como dice Muthabaruka: Livity needs proper music. La cuestión es que hacen falta elders, real dons y mucha autodisciplina para mantenerse “pure & clean en la gran ciudad. Así que en su ausencia, o hasta que lleguen los siguientes, el regreso de esos mensajes se ha convertido en una heroicidad en los tiempos que corren. Aunque no hay que dejarse engañar. Ya el año pasado, Stephen Marley, Queen Ifrica y sobre todo I-Wayne en su excelente álbum “Life Teachings” reivindicaron abiertamente el camino de regreso a la tradición rasta dentro de la cultura jamaicana. Mensajes sobre la crisis occidental traducida como inminente caída de Babilonia, el materialismo alienante y sus múltiples expresiones en el lifestyle del dancehall y los regueros de la violencia asociada a las drogas y el ron, son divisa frecuente entre los ojos más despiertos allá donde todavía pervive la sabiduría rasta, el wisdom del Trenchtown Rock. Y cada vez son más los que reclaman la necesidad de recuperar lirica y musicalmente las tradiciones de la sankofa: “Necesitamos volver hacia atrás y recuperar nuestro pasado para seguir adelante”. Por eso, siempre hay esperanza. Las enseñanzas del Pináculo siempre regresan. Irie!!

Por algo, alguien tan respetado como Tarrus Riley (que lo petó con “Bless Me”) siguió sonando el año pasado con el himno nacional: “Eternal Father/bless this land/Guide us/with thy mighty hand” sobre el riddim mix de John-John “Zion Gate” de Culture en 2010, en el que también cantan Sizzla, Sanchez y hasta Alborosie (“Rudie don’t fear”), y los mezcladores callejeros se apresuran a empaquetar los registros más conscientes de los gangsters con el término “Gangsta Culture”, como diría Jr. Gong con Nas en “Real Friends”. Algo está cambiando poco a poco bajo la estridencia de los altavoces. Me lo dicen las señales, están en las palabras de los amigos de Serrano Walker en una esquina de See View Gardens (el gueto de Bounty Killer, al lado de Riverton). Están en el cansancio en las voces de Jah Vinci e I-Octane cuando cantan “Reality”, en la positividad de tantas producciones del gran Di Genius McGregor y hasta en el gusto por el r&b americano que ha inundado el gueto, por el que Jah Cure busca a R. Kelly para que le haga featurings (“World Cry”). La receta del amor es universal y siempre se hace hueco, incluso entre la sangre y el hambre. Pero el amor rasta, el amor rasta de los elders, ese, tiene que volver a las trincheras para vencer: “Rise fallen fighters!. Rise and take your stance again” (“Heathen”. Bob Marley). Cheers, Ms. Hélène Lee!

Carlos Monty. Enero 2012
Dedicado a Monste “Sista Thunda”